sábado, abril 16, 2005

Stella Accorinti, MIRTA


SEXTA ENTREGA (de 23)

LA JOVEN (1972 – 1973)



Cuando Mirta entró al lugar tuvo un deja vu. Sintió que ya había estado en ese lugar. El pasillo largo, la casa mitad de madera y mitad de ladrillos adelante, la construcción de ladrillos, detrás. No, se dijo, al revés, la casa de madera atrás, la pieza de ladrillos adelante. Siguiendo el pasillo, en el fondo, a la derecha, una pileta de cemento para lavar la ropa y los platos, con una bomba de agua, y más atrás, a la izquierda, un baño.


La casa quedaba a diez cuadras de la estación, caminando hacia adentro, como explicó el dueño, y a veinte cuadras hacia la derecha. Había una pequeña escuela cerca, y un almacén a dos cuadras. La carnicería quedaba sólo a doce cuadras, abundó el hombre.
Adelante había amapolas de varios colores, sobre todo rojas. Mirta y su novio alquilaron la casa a principios de mayo, faltaban sólo dos semanas para el casamiento. Mirta sacó cuentas y vio que con su sueldo de tejedora industrial alcanzaba para pagar el alquiler y aun sobraba algo. Ella trabajaba por las noches, e iba al colegio a la mañana. Al mediodía llegaba a su casa y se acostaba, aunque a veces tenía ganas de comer algo antes. Estaba viviendo con su madre y sus hermanos en una casa prestada. Su madre se había separado del marido, pero la separación duraría poco tiempo, y la mujer ya se lo había anunciado a la hija.


Varios días antes de la boda, Mirta había comenzado a llevar algunos de sus libros y algo de su ropa a casa de su novio. El día anterior a la mañana de su casamiento, se despidió de su madre como siempre, y le dijo a la noche antes de partir, supuestamente, hacia su empleo, “hasta mañana”, pero pasarían diez años antes de que volviera a verla. En lugar de ir al taller fue a casa de sus suegros, se bañó y se acostó temprano.
El día de su casamiento amaneció con su novio pasando sobre ella, que había dormido en un pasillo, entre el baño y el cuarto de su cuñada. Su casi marido buscaba yerba para tomar mates. El casamiento era a las diez de la mañana, y Mirta se preguntó qué hacía este hombre levantado a las siete de la mañana de un mayo lleno de sol y aire fresco. Desde sus quince años, Mirta sólo pensaba en que la dejaran dormir un rato más. Pero no se puede dormir en un pasillo cuando la gente de la casa se levanta. Así es que se levantó. Se bañó, pero se olvidó de ponerse crema de enjuague, se dio cuenta de eso en el colectivo rumbo al registro civil, cuando se tocó el cabello y lo sintió duro.


Los testigos los esperaron en la parada de la estación, aunque habían acordado que se encontrarían en la parada de la fábrica. Mirta observó que la mujer se había puesto un sombrero y un vestido largo, y sintió algo raro, como un acceso de risa, pero logró reprimirla. Sentada en el último asiento, miró a su alrededor y se extrañó porque el micro era nuevo. Se acomodó la falda. Su papá le había regalado un vestido con maxifalda, azul, con cuello mao. Ella cortó la falda arriba de sus flacas rodillas, y le hizo un ruedo que no había quedado demasiado parejo, según veía ahora. Su novio tenía puesto un traje prestado por un amigo, que le reclamaría la devolución por varios años, sin resultado alguno. El traje era gris oscuro, o negro.
Los ojos verdes del novio estaban centelleantes, y reía mucho, algo bastante extraño en él. Los testigos hacían comentarios en voz alta y pronto todos los pasajeros sabían que había boda en puerta, así es que sonreían algunos con alegría, la mayoría con condescendencia.
Cuando llegaron, el padre y la tía de Mirta estaban allí. Mirta e Isabel se abrazaron largamente. Isabel hizo el comentario que Mirta esperaba: “Ese ruedo está mal hecho”. Entraron por un pasillo demasiado estrecho y oscuro, y se plantaron frente a la jueza, que comenzó a hacer preguntas. Mirta comenzó a tentarse de risa. Su tía la miraba con reconvención, pero no hubo modo. Finalmente, la jueza detuvo la ceremonia y le dijo a Mirta que casarse no era broma, que mejor se comportara. Mirta se puso seria, esperando que eso fuera comportarse.


Terminado el trámite, viajaron hacia el hospital donde estaba internada la suegra de Mirta. La mujer estaba en una cama, muy sonriente y compuesta, y los recibió diciéndoles que podrían haber suspendido la boda. Mirta nada dijo. Se sucedieron los saludos de rigor. Luego fueron a un bar y su padre tomó cinzano con aceitunas. Mirta tomó soda. Brindaron y en algún momento nebuloso los recién casados partieron, viajando 50 kilómetros hacia el sur en un colectivo que tardó más de dos horas en realizar el trayecto.
Llegaron a la casa cuando ya era de noche. Su ahora marido se quitó la ropa, tomó una palangana y se puso a lavarse los pies, sentado en la cama. Mirta lo miraba, pensando en ir al día siguiente a sacarse una foto con la ropa que tenía puesta, el vestidito azul, los zapatos negros y la carterita prestada haciendo juego. Se sacó la foto un mes después. Ahí se la ve sonriente, de semiperfil, el cabello largo y lacio hasta la cintura, una sonrisa demasiado amplia para unos ojos demasiado tristes. En la foto las rodillas flacas no permiten que las medias de nylon se ajusten, los zapatos parecen grandes para pies tan delgados, y el vestido, aunque pequeño, queda holgado en la figura de cuarenta kilos de peso. Mirta recuerda que la italiana dueña de la tienda del barrio le preguntó, en enero del año siguiente, si era verdad que tenía doce años. Ella, escandalizada, tomándose la panza de seis meses de embarazo, le dijo –firme– que no, que ella tenía dieciséis años.


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