miércoles, septiembre 21, 2005

Stella Accorinti, SOCRATES, capítulo 6



ALCIBIADES



¡Ah, estás ahí! Llegaste con tu encanto
indefinido. Pocas líneas solamente
se encuentran en la historia sobre ti,
y, por eso, con más libertad te he modelado en mi imaginación,
te he modelado bello y sensual.
Mi arte confiere a tu rostro
la belleza atractiva de un sueño.
Y con tanta intensidad te he imaginado,
que ayer, bien entrada la noche, cuando se apagó
mi lámpara –adrede dejé que se apagara–
creí que entrabas en mi alcoba,
me pareció que estabas ante mí…

Constantino Kavafis, Cesarión



El banquete ha comenzado hace largo rato ya cuando Alcibíades se pone de pie y toma la palabra: "Sé que estoy borracho. Lo sé porque sólo tengo ganas de oír poesía. Lo amo. Lo amo intensamente. Amo sus palabras. Sus palabras fluyen de su boca como miel. Me dicen el hermoso, y dicen que él es feo. Para mí él es hermoso y yo, a su lado, no soy nada. Su mirada es como uno de mis dulces predilectos. Cuando acaricia mis cabellos, no cambiaría ese momento por ningún otro.
Lo busqué muchos días en mi lecho y no lo hallé. Intenté que se quedara en mi casa después de cenar, muchas veces, y no lo logré sino hasta casi obligarlo. Si esa noche no se hubiera quedado, yo hubiera salido aullando por las estrechas calles de Athenas. Nada me hubiera importado. Nada me importa además de este amor. No lo dejaré nunca. Mañana lo llevaré para que nos acostemos juntos en la cama en la que fui concebido. Haré que le construyan una estatua crisoelefantina. Cuando habla en el ágora yo me siento, un poco alejado, y lo oigo. Oigo su voz, sus palabras, sus preguntas. Y quisiera que esos instantes fueran eternos.
¡Mi corazón late más que el de las coribantes cuando lo escucho! Tengo por él un amor desesperado. Quiero que me abrace hasta que ya no pueda yo respirar. Quisiera morirme abrazado a su cuerpo. De niño soñaba poder amar a alguien como él. Cuando lo vi, supe que había nacido para amarlo.
Lo invité a mi casa varios días y varias noches, esperando sus palabras de amor. Nada me dijo, nunca. Lo invité al gimnasio. Él hablaba amablemente, me acompañaba pacientemente al gimnasio. Hacía los ejercicios, luchábamos. La situación era la misma. ¿Cómo seducirlo? Probé la dulzura, la agresión, las cenas invitantes. Nada. Una noche, permanecí hablando con él hasta la madrugada, y le dije que ya era tarde para que se fuera a su casa. Sólo así logré ser su amante.
¡Ah! –suspiró Alcibíades– si al menos lograra olvidarlo cuando está lejos. Pero no. Si está cerca, me fascina, si está lejos, me enloquece. Si algún día él ya no estuviera, mi vida sólo sería amargura. Desde la primera noche en que lo amé, es como si los sufrimientos fueran pájaros que han volado lejos de mí. Es él quien me da mis sufrimientos, es él quien me da mis alegrías. No quiero que sea así, pero es así. Mi vida gira en torno a él, a su voz, a sus palabras. Aun hoy me da miedo besarlo, temo su rechazo. Me da miedo cuando estamos hablando más de media klepsidra y no toca mis cabellos. Soy esclavo de este amor. La klepsidra no es sólo un ladrón de agua sino también un ladrón de angustias. No podré vivir sin él. Nada me importa sin él. Sin él, vivir es inútil. ¿Intentar olvidarlo? ¡Vana tarea! Sé que él se deja querer, pero tocar su piel es suficiente para mí. No puedo ya con este amor…
Mis manos acariciaron sus manos tibias y su cabeza, mis ojos miraron sus ojos, mis manos acariciaron su cuerpo, entreabrieron sus labios, y mi lengua se unió a su lengua, hasta donde es posible que una lengua se una a la lengua de ese hombre… La lujuria, la pasión, el deseo… ah, vanas palabras, huecas palabras, ninguna dice de mi amor por él. ¿Deberé ser el creador de un nuevo lenguaje para nombrar lo que me estalla el pecho? Hermoso sin ser hermoso, ése es mi amor, bello entre bellos, él es la belleza, no yo. No yo.
Oh, sí, soy ridículo, ¡qué enamorado no lo es!".

Alcibíades calló un momento, y los presentes lo miraron, con simpatía, mientras continuaban comiendo y bebiendo. Luego continuó: "Él salvó mi vida en Potidea, ahí comíamos juntos, la misma comida sin gusto que todos masticaban en silencio. Él comía callado las comidas más insulsas, nunca se quejó de nada, y cuando bailábamos y reíamos, era el que danzaba más y el que reía más. Nadie podía ganarle, nunca se cansaba de la diversión, y jamás se quejaba de nada en las penurias. El puede beber sin emborracharse, litros de bebida, sin embargo, si nadie lo reta a beber, no bebe. Eso pasaba en Potidea. Lo he visto caminar sobre el hielo con los pies descalzos, apenas cubierto por un manto, cuando todos nosotros temblábamos en los fríos del norte, arrebujados en grandes cantidades de ropas, calzados gruesos y todo tipo de abrigo. Él puede estar dos días parado en el mismo lugar, sin moverse, si está pensando algo que le interesa, le he visto hacer eso muchas veces. Parecía muerto, pero de pie, sólo cubierto por su tribón, acomodado en pliegues sobre su hombro derecho. Nunca tuvo cosas personales de más, y siempre se asombraba al ver nuestras bolsas de soldados, y decía: '¿Tantas cosas necesitáis para vivir?'. En la batalla era el más valiente, y aunque yo no estaba entre los hoplitas, lo he visto caminar en el campo mirando a sus enemigos sin temor a la muerte. Sócrates tenía cuarenta y seis años en la batalla de Anfipolis, sin embargo peleó como un joven lleno de bríos.
Sócrates es como un sileno flautista, ¿habéis visto a esos silenos? Hablo de los que se esculpen sentados, y si vosotros los levantáis y los abrís por la mitad, ocultan un dios. Bajo la apariencia de Sócrates se oculta lo divino, en toda su magnificencia y en todo su misterio. El tiene una tosca apariencia, pero en todo es parecido a Marsias, el sileno hijo de Zeus y Alcmena. Marsias inventó la flauta de dos tubos y Sócrates la dulce música de sus palabras. Algunos dicen que Atenea inventó esa aflauta y no Marsias, pero él era quien sacaba los bellos sonidos, qué importa si no la inventó…

El rostro de Alcibíades se ensombreció y dijo, con voz angustiada: "¿Recordáis que Apolo retó a duelo a Marsias, para probar que su lira era mejor instrumento que la flauta, y que luego, declarado vencedor porque él podía tocar con la lira al revés y Marsias no podía tocar con la flauta al revés, despellejó al pobre sileno?

El joven respiró hondo, intentando recuperar el aliento. Varios dejaron de comer y lo miraron, la atención despierta por la agitación del orador.

"Esperemos que no se le ocurra a alguien, por envidia, despellejar a Sócrates. La crueldad siempre está presente en aquellos que tienen un alma rastrera…".

Algunos rieron, divertidos, otros miraron preocupados a Alcibíades. Algunos se levantaron y comenzaron a dialogar en voz baja con su vecino.
Alcibíades prosiguió: "Me dieron una medalla al valor por mi actuación en la batalla de Potidea, pero en realidad me la entregaron porque Sócrates no dijo que él me había salvado la vida. Que se sepa. Así fue. El salvó mi vida, y luego calló para que me entregaran la medalla al valor.
Este hombre igual a un sátiro, con una enorme panza, es el ciudadano ejemplar de nuestra Athenas. ¿Lo sabe la polis? Y si lo sabe, ¿por qué no le honra? Él ni siquiera usa zapatos, todos los días usa el mismo quibón, conoce por sus nombres a sus cientos de discípulos, a quienes nunca olvida, aunque por años se alejen, por las mañanas saluda por sus nombres a todos los comerciantes. Este hombre es a la vez un tábano, un sátiro y una partera. Singular animal. No se encontrará otro igual, ni antes y me atrevo a decir que tampoco después, porque ¿quién emulará a Sócrates?

Las palabras de Alcibíades sonaban ahora reposadas, el color de sus mejillas era natural, el tono de su voz no era elevado como al principio. El efecto del vino sobre sus palabras era ahora menor, y los asistentes al banquete se habían percatado de ello. Bajando aún más la voz, prosiguió: "Sócrates dijo una vez a un rico comerciante que le cobraría honorarios por enseñarle a su hijo, a lo que aquel hombre respondió que con el dinero que Sócrates solicitaba podría en realidad comprarse un buen asno, a lo que el maestro respondió que lo hiciese, y tendría entonces dos asnos en su casa. ¿Qué podemos esperar de gente como este comerciante? Estos son los habitantes de Athenas, comerciantes u hombres libres, la mayor parte de ellos piensan de ese modo, y primero está el asno para ellos y después la educación. Miren a Aristófanes, nos presenta a Sócrates como a alguien que corrompe a los jóvenes, muestra en su obra a Sócrates como alguien que forma malos soldados, malos ciudadanos y, en general, hombres corruptos. Lo presenta, además, como a un sofista. Este Aristófanes es un ejemplo de asno, y de quien prefiere al asno. Es cierto, Sócrates cuestiona la escuela, cuestiona lo que se enseña en ellas y el modo como se enseña, pero no es el personaje de Las Nubes –Alcibíades había vuelto a subir la voz, pero no ya por los efectos del vino–. "Él cuestiona que se diga que los poemas de Homero deben ser entendidos literalmente, y cuestiona que los niños sean obligados a aprender encerrados según edades, y sin interés por lo que hacen. ¿Qué hay de malo en lo que él piensa? Creo que, por el contrario, tiene razón en todo. Sócrates coincide en mucho con los sofistas, pero él no es un sofista".

Sosteniendo la crátera más grande que había en el banquete, tomó el vino mezclado con agua directamente de allí, y se la dejó para sí, ante las risas aprobatorias de los asistentes.
Y continúo hablando: "Sócrates es encantador como el flautista Marsias, pero mientras el sileno encantaba con sus flauta, Sócrates nos encanta con su palabra. Cuando escucho a Sócrates, lloro, y más cosas podría decirles de lo que me sucede, pero vosotros pensaríais que son sólo las palabras de un hombre borracho. He escuchado a los mejores oradores, y me he complacido con sus palabras, pero al oír a Sócrates mi alma se alborota, porque él me hace pensar el sentido de mi vida toda, si vivo bien o mal, si soy libre o soy esclavo, si debo vivir mejor, qué es vivir mejor, y así las preguntas que nos hace sólo resultan en más preguntas, lo que hace que me sobresalte en todo momento, porque no sé ya quién soy, y no quiero saberlo más, porque si he vivido hasta ahora como alguien que no piensa ya no quiero seguir así luego de oírlo. Entonces, me alejo de su lado un tiempo para huir de este sortilegio. Y lo logro, pero apenas le oigo nuevamente, vuelvo a preguntarme todo de nuevo. Y les aseguro que sólo en esos momentos de continuas preguntas es cuando me he sentido verdaderamente humano y realmente libre.
A veces creo que sería mejor que esté muerto, para no tener que sufrir más con sus preguntas, pero en ese mismo momento me doy cuenta de que nada sería igual en Athenas si Sócrates no estuviera. Y que él esté entre nosotros es una gran suerte para todos, y un regalo maravilloso de los dioses. Las diosas y los dioses del Olimpo nos han dado como contemporáneo a un sileno cuya flauta suena de manera cautivadora. Yo no quiero huir más de sus cuestionamientos, prefiero llorar por las noches pensando el sentido de mi vida que vivir riendo todo el día porque nada me pregunto".

–Alcibíades, mi corazón se alegra al oír esto que has dicho –Sócrates entra al banquete, y varios lo saludan, él devuelve los saludos y continúa: "Preguntar es educar y la educación es tarea de la polis, una tarea política. Estamos olvidando eso, que la educación son preguntas, es aprender a preguntar. Por eso me he alegrado al oírte, amigo mío. La educación se ha olvidado de las preguntas, y si tú las recuerdas, estarás educándote. Todo conocimiento comienza con la pregunta. La educación verdadera no entrega conocimientos, sino que ayuda a preguntarse. Quienes enseñan dan respuestas sin que se les pregunte algo. ¿Eso para qué sirve? La primera cosa que un maestro debe aprender es a preguntar. Hay riesgo en preguntar, y el maestro debe arriesgarse a ello. Debe vivir con eso, y debe vivir la pregunta, no hacer de eso un mero juego intelectual. Los filósofos, como maestros, deben aprender a preguntar, y deben recordar que la filosofía no tiene más función que la de enseñar a ver de nuevo bien las cosas, y no se realiza como filosofía separada, sino en las cosas mismas.
Un maestro es un partero. Debe ayudar a bien parir. Debe cuidar que la embarazada no sufra, que el niño no sufra, que el niño nazca bien, que la madre no muera en el parto. No es el partero quien está pariendo, es la madre. Es ella quien tiene al niño. Y si la partera está por parir, debe buscar a otra partera para que la ayude. Pero que no se ponga ella a parir junto con la parturienta, porque ocurrirá algo no demasiado bueno allí, dolor, sangre y quizá la muerte. O, al menos, y eso no es poco, esa mujer ya no confiará en esa partera.
Preguntar exige saber escuchar, respetar al otro, entender que el otro sabe, comprender que nadie sabe todo y que nadie ignora todo. Preguntar es actuar y reflexionar a la vez. Decir preguntas verdaderas y auténticas transforma al que oye, al que dice, y transforma al mundo. Lo que sabemos no se mide por la cantidad de textos estudiados, porque saber no es un acto de consumir ideas, sino que es un acto de creación.
La educación es una antorcha que pasamos los unos a los otros, para bien. Cuando nos reunimos en el Keramikós para celebrar las Lampadoforias en honor de Prometeo, de Hefesto y de Atenea, para agradecerles que nos hayan obsequiado el fuego, las lámparas y el aceite, corremos con las antorchas encendidas, y debemos llegar al final de la carrera procurando que no se apaguen. Así es la educación, es pasarse la antorcha poniendo todo el empeño en que no se apague. Esta antorcha es la de la verdad y la justicia, que en medio de las tinieblas se va transmitiendo de generación en generación, y es la educación el medio por el cual transmitimos la antorcha. Si no hacemos esto, no estamos educando, sólo buscamos sostener lo ya consagrado. La educación es la búsqueda del camino, a la vez que el camino mismo…
Hay en la polis gente ofendida, gente robada, gente a quienes se les niegan sus derechos, pero ellos también piensan, y preguntan, y saben. Sólo hay que oírlos. Hay una realidad menos malvada que ésta en la cual vivimos, pero lo cierto es que todos estamos en ésta ahora. Eso es una triste dualidad con la cual deberemos vivir mientras tanto. ¿A quién debemos lealtad? ¿A las injusticias de la polis o a nuestros sueños? Muchas veces he agachado mi cabeza y he ido a guerras por la polis, como buen ciudadano, pero sabiendo que las guerras son injustas. En esta dualidad vivimos. No me ha sido posible ir más allá de mí mismo, y aun sin estar de acuerdo, he cumplido. Y no he hecho bien, pero sí hago bien diciendo ante vosotros esto que ahora digo. He pensado una cosa y he hecho otra.
A veces nos acomodamos y a veces nos desesperamos ante estas situaciones, pero ambas cosas son malas, porque son ausencia de preguntas. Acomodarse es vivir mal y desesperarse es vivir sin mañana. Y aunque no hagamos lo que nos gusta, es bueno hacer, al menos, lo posible. A mí me gustaría que todos nos preguntemos, siempre, pero si no se puede, al menos hagamos lo posible para que se pueda. Tornar posible lo que parece imposible es tarea del educador, y tarea de la pregunta. Soñar lo imposible es tarea de la educación. Asumo que vivo en lo posible, pero quiero lo imposible. ¿Si no, qué estoy haciendo de bueno?
La educación es pregunta. Es cuestionar lo ya establecido. Es preguntarnos por nuestra vida, por el sentido de lo que pensamos, hablamos y hacemos. Es preguntarnos de dónde venimos, hacia dónde vamos, si éste es el mejor de los mundos posibles. ¿Acaso deberemos seguir repitiendo lo que oímos y decir que todo está bien en la polis? El trabajo no debería existir para que todos tengan tiempo para poder pensar, ¿pero por eso debemos tener esclavos? ¿Acaso los esclavos no tienen derecho a su tiempo para pensar?
¿Y las mujeres? ¿Acaso tienen ellas tiempo para lo que necesitan, su propio tiempo? ¿Acaso seguiremos justificando que no tienen los días libres porque son inferiores? ¿Las mujeres son en verdad inferiores, como se proclama? Se dice que ellas ni siquiera dan la vida, pero ¿es verdad que ellas no dan vida sino que sólo llevan en sí al homúnculo que nosotros depositamos en su vientre? ¿Cómo lo sabemos? ¿Acaso deberemos refugiarnos en autores respetables cada vez que queremos sostener el estado de cosas existentes, porque eso nos favorece? Hay algunos libros que son sagrados porque defienden la postura de los que tienen el poder… ¿eso está bien, eso es justo? ¿Debajo de cuáles sombras nos refugiamos siempre? Si los hombres no domináramos la Hélade, ¿acaso eso sería para mal? ¿Por qué creemos que las mujeres son la materia y la tierra, lo más bajo y los hombres el sol y la luz, la razón, lo más alto? ¿Por qué repetimos eso una y otra vez? ¿No será quizá porque son supuestos que sostienen un estado de cosas conveniente para nosotros? ¿Y qué hay de inteligente en hacer eso? Si las mujeres gobernaran no creo que cometieran tantas tonterías como nosotros, que siempre estamos detrás de más territorios, más ganancias, más guerra.
Necesitamos una nueva manera de mirar la vida, o esto será el fin de la Hélade, y el fin de la humanidad. No se puede rapiñar siempre, destruir siempre, tener a otros como inferiores, todo eso tiene consecuencias, y las consecuencias de nuestras acciones no están lejanas. No querremos que nos recuerden como un pueblo de seres que sólo pensaban en sí mismos, o que nos ensalcen justamente por todo aquello que hicimos mal. Y estamos haciendo muchas cosas mal. Roguemos a los dioses que no tomen los que nos seguirán en el tiempo nuestras ideas acerca de la superioridad de los hombres, porque lloraremos toda la eternidad ante tanto mal como estamos sembrando.
Nos creemos el mejor pueblo de la tierra, pero miramos con desprecio al extranjero, a quien llamamos bárbaro, el que blablea, el que no sabe hablar, porque no habla griego, el único idioma según nuestra pobre mirada. Tenemos esclavos sin ruborizarnos, al contrario, justificamos nuestro accionar.
Encerramos a las mujeres en el gineceo, no les permitimos acceder a la educación, las tratamos como a esclavas, las entregamos en matrimonio sin su consentimiento, y, una vez más, justificamos todo eso. ¿Qué clase de gente somos, en qué nos estamos convirtiendo?
Imponemos a los pueblos vencidos la democracia como si fuera el mejor de los modelos políticos posibles, cuando entre nosotros ha mostrado aberraciones vergonzantes. Nuestros encuentros homosexuales tienen más que ver con el desprecio a la mujer que con un amor auténtico de hombres con hombres. Salvo excepciones, es porque estamos sólo entre hombres que nos amamos entre nosotros. Por eso y porque despreciamos a las mujeres. Toda esa palabrería acerca de que unirse a la mujer por deseo y amor es despreciable es sólo eso, palabrería. Que cada cual se una a quien quiera y ame a quien quiera, no hay justificación racional para el amor.
Nuestro amor homosexual es una desembozada manera de mostrarnos tal como somos. No hay entre nosotros, los amantes, penetración, a menos que uno de los dos sea un inferior, según lo que la sociedad helena establece. La penetración sólo se lleva a cabo con un inferior. Y por eso penetramos al hombre inferior al que amamos, y a la mujer, porque la consideramos inferior. Pero entre nosotros, los aquí presentes, no ha ocurrido una sola penetración. ¿Acaso creéis que lo que sucede ocurre porque sí, sin razón alguna? No. Todo lo que se lleva a cabo en nuestra sociedad tiene sus razones, justificatorias de nuestro accionar, justificatorias de que un pequeño grupo obtenga los beneficios que se ha otorgado a sí mismo.
Los filósofos deberían mantener la boca cerrada respecto de la mayoría de los temas que abordan. Pero somos obsesivos por el poder, entonces no queremos perder ni un ápice de él, y de ahí surgen teorías bochornosas, que lo son porque están siempre del lado de los poderosos, sea de manera desenmascarada o de manera implícita. Llegado será el tiempo en que si seguimos por este camino, nos encontremos con teorías que sostengan la primacía de la luz sobre la oscuridad, de la pura forma sobre la materia y otras tonterías por el estilo que sólo querrán decir 'nosotros, los helenos, sostenemos la superioridad del hombre–sol/luz sobre la mujer /esclavo–tierra/oscuridad'. Y si así seguimos, hasta nos darán la razón, hasta quizá presenten luego tan terribles teorías del desprecio de manera ingenua y abstracta, sin anclaje en la realidad política en la cual se están generando. Espero equivocarme…
Sócrates hizo una pausa, tomó unos sorbos de su bebida y continuó: "Mientras haya inferiores y superiores habrá políticas guerreras, suelos para robar en el extranjero en lugar de tierra para cultivar y amar. Mientras veamos a los niños como mujeres, a las mujeres como esclavos, a los esclavos como extranjeros e inferiores, y a todos los que son diferentes de nosotros como el enemigo, la Hélade sólo será un país guerrero y no un país inteligente. Hay una pregunta sagrada para hacerse: ¿qué bien hay en todo esto?
Calipso, Circe y las sirenas eran mujeres solas, y eso es algo que no perdonamos los helenos. ¿Cómo se atreven? Somos los más inteligentes, ¿por qué deben estar ellas solas? Quizá sea por lo que nuestro padre Homero hace decir a Agamenón: 'Hoy ya en las mujeres no debe fiar hombre alguno', y también dice que 'nada existe tan terrible y perro como las mujeres'. ¿Y hasta cuándo repetiremos a Homero sin crítica?
Nosotros asesinamos a quienes se oponen a nuestra idea de democracia, y esto es motivo de honores. Sin embargo, respecto de las mujeres de la isla de Lemnos que mataron a los hombres, dice Esquilo que 'esta raza de mujeres es odiada de los dioses y perece con el desprecio de los humanos'.
Atenea, que no en vano sólo de padre ha nacido, exime de todo castigo a Orestes, asesino de su madre Clitemnestra. El hijo es sólo hijo del padre, nos dice Esquilo, y la madre, ese depósito en el cual la semilla paterna se desarrolla, tiene menos relación con el hijo que el padre, en definitiva, el único genitor. Nuestras diosas Afrodita y Atenea han nacido sólo de padre, seguramente esto llamará la atención de otras culturas, que creen que un hijo es de madre y padre. Los dioses pueden ser hijos sólo de padre, y carecer de madre, porque hemos inventando a nuestros dioses a nuestra imagen y semejanza, o mejor aun, a la imagen y semejanza de lo poco que de nosotros conocemos, y así hemos proyectado en ellos toda nuestra ignorancia, y los hemos hechos celosos, vanos, corruptos, ladrones, e incluso asesinos, lo que constituyen paradojas en la idea misma de un dios, si es que por ello entendemos la pura perfección, una idea extraña al mundo en el que vivimos, pero pensable al fin. ¿Dioses asesinos? Que un dios asesine es algo realmente extraño a mi gusto, y es incluso motivo de asombro para mí.
Es tanta nuestra ignorancia, atenienses, que me maravilla que nos llamemos pueblo inteligente, y que nos jactemos de la existencia de la filosofía entre nosotros, como si esa filosofía debiera ser algo deseable para todos. Somos culpables de estar cobijándonos como cobardes debajo de ideas sólo convenientes a un puñado de personas en la polis. Eso no es la filosofía. Y ésta es la democracia de la cual nos jactamos, y que imponemos a los vencidos, sin preguntarles nada. Desde nuestra mirada despreciativa, nosotros somos el sujeto y ellos son el objeto. Hacemos con los vencidos lo que hacemos con los niños y con las mujeres, los sometemos a nuestra racionalidad.
¿Recuerdan lo que Esquilo le hace decir a Apolo en las Coeforas?: ' No es la madre quien pare a quien se dice su hijo, ella no es más que la nodriza del germen que en ella se ha sembrado. Quien da a luz es el hombre que la fecunda, ella, como extranjera, cuida del joven retoño, cuando los dioses no le causan perjuicio alguno. De esto te daré prueba de que se puede ser padre sin una madre. El ejemplo más cercano a nosotros es la hija de Zeus Olímpico, que no ha sido alimentada en la noche del seno materno'. Hombres, ¿nunca os habéis cuestionado esto? ¿Cuántas cosas más no nos hemos cuestionado?
Con estas enseñanzas pretendemos, y logramos, quitar sus derechos a las mujeres, la madre es nodriza para nosotros, sólo cuida de nuestros hijos, es una extranjera, alguien que nada tiene, sólo un vientre que le tomamos para que en su oscuridad se críen los vástagos que nos pertenecen. ¿Es posible seguir sosteniendo todo esto sin preguntarnos nada? Hacemos aparecer en boca de los dioses lo que es mejor para nosotros. Creamos a los dioses, los hacemos hablar en nuestro favor, y luego usamos esas palabras en nuestro provecho. ¿Hay conducta más repulsiva a la justicia y a la razón?
Las mujeres que hablan bien, según nuestro juicio, hablan como hombres sabios. Quienes cometen insensateces, ésas son mujeres sin palabra de hombre sabio, como Medea, quien además es extranjera. Y son mujeres para perdición del hombre, lo que quiere decir, para perdición de la polis. Las virtudes de la mujer son para el heleno que ordene la casa, que cuide los bienes y que sea sumisa y obediente al marido. ¿Consideráis vosotros que esto no debe ser examinado?
He oído a varios comparar la materia a la madre y a la hembra, y algunos hablan del recipiente como una madre, comparando las ideas a lo masculino, todo lo varonil a lo inteligible, y todo lo material a lo femenino, ese recipiente que debe estar siempre pronto a recibirnos. ¿Seguiremos oyendo estas sandeces sin decir nada? ¿Seguiréis repitiendo que la mujer es lo pasivo y el varón lo activo? ¿Cómo lo sabéis? ¿Además de vuestra conveniencia, qué más podéis aportar?
He oído por allí que el cuerpo femenino tiene una imperfección radical por lo que no puede transformar el alimento en semen. Atenienses, por este camino llegaremos a oír imbecilidades peores cada día, hasta se podrá decir que es una imperfección que las mujeres no tengan pene, lo cual es bastante risible, pero basta la aparición de machos con pretensiones de filósofos para que se digan toda clase de tonterías con aparente justificación, y que os digo, no hacen falta varios machos, basta con uno solo sustentado por todos los demás. Atenienses, quizá sea una imperfección que no tengamos nosotros vaginas, y vientres para llevar a los niños, y para ser madres. Pero ya verán que ninguno de los filósofos que pasean por estas calles justificará eso, ni se creará un dios nuevo para que por su boca se digan esas cosas, ni nacerá una diosa sólo de madre, sin padre, para poder sustentar esas opiniones.
La guerra, el mayor de los males, tiene como supuesto esta razón que nosotros, hombres, hemos sustentado. Sólo un cambio real podrá salvar al mundo de nuestras garras guerreras. La racionalidad está dominando la Hélade, y esta razón es dominadora, domina a los niños, a los esclavos, a los extranjeros, a las mujeres. El dominio de la razón, tal como la estamos defendiendo, y de la guerra, hija de esa razón –hija monstruosa– son el origen de toda miseria y de toda represión contra el diferente. El erario público es nuestra obsesión, porque nos sirve para preparar las guerras.
La revolución de las mujeres que nos mostró Aristófanes resulta ridícula a los helenos porque sólo piensan con esta razón guerrera, por eso el magistrado dice en Lisístrata que sin la guerra es imposible sobrevivir, lo que es no sólo ridículo, sino también repugnante. La comunidad de bienes que plantea Lisístrata no sólo es pensable, sino que es deseable, pero para ello deberían extirparnos nuestra mente de hoy, para poder pensar diferente. Hasta Aristófanes debería poder pensar diferente, para decir las cosas de otra manera. Porque hay que saber que los cambios se deben dar en todos los aspectos si queremos un mundo mejor.
El comportamiento de Cleonice es ejemplar cuando dirigiéndose a Lisístrata le dice: 'No, Lisístrata, no jures nada que tenga que ver con la paz sobre un escudo'. ¿Recordáis la escena? Lisístrata les dice a las demás mujeres que deben negarse a tener sexo con sus maridos hasta que éstos no vayan más a la guerra, y luego les anuncia que las mujeres ancianas han tomado ya la Acrópolis. Propone luego, dirigiéndose a Lampito, un juramento acerca de lo que piensan realizar. Están allí las beocias, las corintias, las vecinas atenienses de Lisístrata, las espartanas y las peloponesias, ya que ellas, hombres, han decidido unirse en contra de la guerra en lugar de guerrear por sus diferencias.
Cleónice ha llegado temprano, ya que es ateniense y vive cerca del lugar de la reunión, las demás han llegado de a poco, después de cumplir con sus maridos, con sus hijos, ordenar la casa, dirigir a los esclavos. Y allí reunidas, después de ponerse de acuerdo, deciden juramentarse, y es ahí, en ese momento, cuando Cleónice les pide coherencia: 'No, Lisístrata, no jures nada que tenga que ver con la paz sobre un escudo'. Porque se debe tener coherencia en todas las cuestiones, y cuidar los detalles. Eso no tenemos nosotros, hombres, nos falta coherencia para cuidar a todos, no cuidamos lo que tenemos, y no hablo de las posesiones, sino de las demás personas, porque eso es lo único que tenemos, a aquellos que nos aman. Y no sólo carecemos de coherencia, sino que además no observamos los detalles, y no cuidamos de ellos.
Y cuando Lisístrata pregunta de qué modo jurarán entonces, la voz de Cleónice se oye nuevamente, y ella aconseja: 'Por Zeus, yo te lo voy a decir si quieres. Poniendo una copa grande y negra boca arriba y degollando… un cántaro de vino de Tasos, juremos sobre la copa… no echarle agua encima'. Ved, Aristófanes, como hombre, ríe de la fama de bebedoras de las mujeres, sin embargo, amigos, yo veo ese diálogo como de suma belleza, y ejemplo del carácter de las mujeres, quienes, como Penías, siempre buscan soluciones inteligentes a sus problemas, y esa inteligencia se muestra en el cuidado. Ellas no sacrifican un animal, no vierten sangre para pedir la paz, y no juran sobre un escudo, sino sobre una hermosa copa que comparten, como comparten con nosotros la copa de su sexo que nos envuelve. Y realizado el juramento por todas y cada una, ellas liban en amistad, haciendo uso ceremonial de la philotesía.
Los hombres se acercan a la Acrópolis tomada por las ancianas, ¿recordáis?, y llevan el firme propósito de quemar a las rebeldes, son viejos de muchos humos, claro… Pero no es fuego para quemar a las mujeres lo que necesitan, ni palancas para tirar abajo las puertas cerradas del Propolis de la Acrópolis, sino que lo único que hace falta a esos viejos, y también a nosotros, es lo que dice Cleónice, 'sentido común y mollera'.
Porque así como Hécate, la diosa extranjera, ha penetrado en la Hélade, y es la Lucífera de las mujeres, quien las guía con su luz, así las mujeres entrarán en nuestros dominios un día, queramos nosotros o no. Porque de que ocurra depende el bienestar de todos, el nuestro incluso, porque mientras nosotros hemos hecho esclavas y extranjeras de ellas, ellas nos acogerán como madres, esposas, hermanas y amigas en su mundo, como siempre lo hacen.
Ellas, las veladas, llevan su velo con resignación. Es uno de los símbolos de lo que nosotros, los hombres, les hacemos. Pero si no llevaran velo, sería igual, porque no es el velo lo que las vuelve inferiores, sino el maltrato que les infligimos con nuestras ideas. Es en nuestras ideas donde ellas son inferiores. Y las ideas son una creación nuestra. Ellas, las que en el mercado venden puré de habas, y hortalizas, y granos, pan con ajo y tortas con miel para los muertos y los dioses de abajo, y luego parten raudas a cuidar a los niños, ellas son mejores que nosotros, porque a nadie aplastan con su poderío. ¿Tememos que si ellas toman los asuntos del gobierno se comporten con nosotros como nosotros con ellas? Sólo si ellas piensan como hombres, no como mujeres.
Prudentes, ellas soportan que no las dejemos ni rechistar, que no les demos noticias de lo que hacemos en las asambleas, ni de las causas reales de la guerra, ni de cómo manejamos el dinero público. ¿Y eso, a ti, mujer qué te importa?, les decimos. Ha llegado a tanto nuestra soberbia, que se pasean los soldados con sus caballos en el mercado, comen el puré de cereales en sus cascos, asustan a las vendedoras y no pagan lo que consumen.
¿Creéis por ventura que hay consejo mejor y más cabal que el de Lisístrata?: 'Primero, a la ciudad como al vellón de lana, después de haberle quitado la mugre lavándola en un baño, habría que ponerla sobre un lecho, apalearla para que eche a los sinvergüenzas y sacarle los abrojos; y a esos que se reúnen y se aglomeran junto a los cargos públicos, separarlos con el cardado y arrancarles… las cabezas. Después habría que esponjar la buena voluntad común y echarla en un cestito, mezclando a todos, a los metecos, a los extranjeros que sean amigos nuestros, y a los que tengan deudas con el Estado: también a esos mezclarlos ahí. ¡Por Zeus!, y las ciudades, todas las que son colonias de esta tierra, habría que tener una idea clara de que para nosotros son como los copos de lana que están cada uno por su lado; luego se cogen estos copos que forman cada una de ellas, se reúnen y se juntan en uno solo, y después se hace una gran bola y, con ella, se teje un vestido para la gente”.

Sócrates no oculta su emoción y respira profundamente. Algunos se mueven incómodos, reclinados en sus lugares.

"Los metecos no tienen derechos, y tampoco sus hijos, tampoco los tienen los que contraen deudas con el Estado. ¡Ay atenienses! ¿Alguien más no tiene derechos? Ah, ya me imagino qué pensáis, viendo vuestros rostros, ellas no me van a tiranizar. Abrid vuestras mentes, no es tiranía lo que nos espera si reconocemos como iguales a quienes lo son. La tiranía nos espera si continuamos este camino, y la peor de las tiranías que es la del pensamiento pobre, la de la falta de apertura a otras opciones, aunado a la falta de reconocimiento de errores gravísimos que tenemos ante las narices.
¿Qué habremos de esperar? ¿Qué las mujeres, los niños, los esclavos, los metecos y los extranjeros formen un ejército de Amazonas? Os aseguro que no habrá Teseo capaz de pararlos esta vez… Porque no es nosotros contra ellas ni ellas contra nosotros como lograremos un mundo mejor, sino todos juntos, porque eso es ser humanos, y ellas sabrán quitarnos las molestias que ni vemos que tenemos, y nos secarán las lágrimas nuestras, aunque las hemos hecho llorar y sus lágrimas no hemos secado.
Porque no es que no podamos sin ellas ni con ellas, como parodia Aristófanes a Arquíloco, ni tampoco es verdad que podamos sin ellas, como dice Eurípides, sino que sólo con ellas podremos ser mejores. Ellas nos llevarán a los unos con los otros, no con mano insolente y prepotente, sino con mano amistosa, delicada y dulce, como deben ser los humanos los unos con los otros. Melanipa la Sabia debió decir 'mujer soy y por eso inteligente', pero el misógino le ha hecho decir 'mujer soy, pero inteligente'. ¿No son esas palabras ofensivas para todos? Somos hijos de mujeres, hermanos de mujeres y padres de mujeres, ¿cómo hemos permitido y propiciado que las cosas lleguen adonde están? ¿hasta cuándo permitiremos esto? ¿O acaso creemos que siempre han de llorar por nosotros en los tribunales, suplicando por nuestras vidas, mientras nosotros somos sus depredadores y en nada las favorecemos? Que Asclepio de Epidauro nos cure de nuestra enfermedad, hombres.
Ellas ya no esperarán demasiado tiempo, y lo que les es negado lo tomarán, y seremos señalados por nuestros sucesores como aquellos que guardaban en su puño cerrado lo que no les pertenecía. Devolvamos a las mujeres la rica capa que les hemos robado, y coloquémonos la zamarra sobre nuestros hombros, ésa es nuestra pertenencia en estos días. No temamos, ellas no nos convertirán en cerdos, Circe es sólo el miedo de Eurípides…
El día en que las mujeres manejen el mundo podremos cantar todos juntos, como el coro de ancianos y mujeres de Lisístrata:

Colchas bordadas,
ricos chales de lana, finas túnicas y
joyas, eso poseo;
no tengo inconveniente en permitiros a todos que os llevéis para vuestros
hijos, y para cuando vuestra hija sea canéforo.
A todos vosotros os exhorto a que ahora toméis de lo
mío ahí dentro;
nada está tan bien sellado
que no se puedan
arrancar los precintos
y llevarse lo que haya dentro.

Y si uno de vosotros no tiene
comida y ha de alimentara los criados y
a un montón de chiquillos,
puede coger de mi casa harina, que es finita,
pero mi hogaza de un quénice
tiene un aspecto muy robusto.
De los pobres, el que quiera que venga
a mi casa con sacos y
talegos, que recibirá grano:
mi esclavo
Manes se lo echará.

Sócrates suspiró, y continuó, en voz más baja: "Quieran los dioses que no suceda con lo que he dicho lo que sentenciara Prítanis: 'De manera que lo que nos dicen no lo escuchamos, pero lo que no dicen, eso lo suponemos, y sobre las mismas cosas no contamos lo mismo'. Sé que decir lo que dije puede ocasionarme graves problemas, pero confío en que no hay entre nosotros un traidor. Pediré a los dioses que coloquen una corona de laureles en mi cabeza para que, como cuando volvemos con la cabeza llena de hojas del oráculo de Delfos, me protejan y nadie me haga daño sólo por decir lo que pienso. Confío mi vida así a la protección de los dioses y a vuestra discreción y amistad.

Sócrates toma su recipiente con vino, bebe y se reclina, negando con un gesto el ofrecimiento que le hacen para servirle puré de lentejas. Sólo el silencio responde a sus palabras. Alcibíades se acerca y mirándolo con ternura, le sonríe y le escancia vino aguado en el kylix.




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