viernes, julio 15, 2005

Stella Accorinti, MIRTA, 8



LAS CARTAS, 2002-2003








“Nuestra madre es feliz
nuestro padre
nuestro hermano sigue creciendo
sólo se espera tu llegada.”

Leonidas Lamborghini, “El solicitante descolocado”, 1971

.

“Las cartas… Las cartas parten, las cartas llegan. No decimos en ella nada profundo, nada triste, nada que valga la pena. Solicitamos sin pedir, hablamos sin palabras. La carta es lo que la carta no dice. Se lee en la carta la palabra que no se ha escrito.”

Sólo se espera tu llegada, sólo se espera tu llegada, soloseesperatullegada...


(Para sobrevivir, metamorfosis del cuerpo en letras)


Había una vez una Mirta que sobrevivió con cartas. Si, ya sé. Los seres humanos sobreviven comiendo y bebiendo . Pero esta Mirta –o esta vez Mirta- sobrevivió con cartas. Hubo muchas cartas en la vida de Mirta, pero entre todas las que le conservaron el último aliento de vida , las más importantes fueron, desde que partió de Buenos Aires, las cartas que Ioli y Mirta se escribieron.

Ioli y Mirta se encontraron en un había una vez, hace tanto tiempo que ya ninguna lo recuerda bien, en un no lugar llamado aeropuerto de Ezeiza. Mirta partía hacia Estados Unidos, Ioli partía hacia España. Ioli y Mirta eran muy diferentes y muy parecidas. Podría ser que fueran un solo ser, esos minotauros perdidos en laberintos-cárceles a los que se los condena por inocentes. Mirtaioli, o Iolimirta. La historia no registra si Ioli también sobrevivió con cartas, pero sabemos de ella que sobrevivía con pinceles y pinturas. Mirta comía letras mientras Ioli comía dibujos. Pero las letras son también imágenes...

Así vivieron las dos largos años -no se sabe cuántos-, con dietas basadas en imaginerías. Nos gustaría decir que fueron felices y comieron perdices, pero no lo diremos por tres simples razones: porque no sabemos si fueron felices, porque Mirta era vegetariana, y porque esto no es -vaya pena- un cuento para niños).



CARTA A MIRTA DESDE EZEIZA







Ezeiza, 3 de octubre de 1997

[…]

Viste Mirtita que en junio hace frío en Buenos Aires, pero ese día estábamos ya con veranito de San Juan. Por eso en noviembre, cuando tuvimos tanto calor, decíamos ¡esto parece junio en la plaza! Es que fue así, 1955 fue un año caliente.
Ya era el mediodía, y Mingo llegó corriendo. Hablamos poco, salimos a la calle y esperamos. Tu papá tenía un palo que había sacado del estante alto que estaba afuera del baño, saliendo, a la derecha, ahí donde Isabel guardaba los trastos, las bicicletas, los tornillos, los baldes, los juguetes viejos. Salimos a la calle los tres, aunque Isabel no estaba segura de si acompañarnos o no. De pronto, vimos el camión que venía por Chile a toda velocidad, lleno de gente. Paró frente a nosotros, el que manejaba le gritó algo a tu papá, y nos subimos.
Todos gritaban ¡la vida por Perón!, si vieras Mirtita Amanda. Yo también comencé a gritar, pero al ver que Isabel iba callada, cerré el pico. Tu padre tenía la camisa afuera del pantalón. Cuando llegamos a Entre Ríos, un grupo de gente en la esquina estaba cantando la marcha peronista. Empezamos a cantar nosotros también, Mirtita, si vieras, cantábamos con fuerzas ¡Perón, Perón, que grande sos, sos el primer trabajador!
Tardamos muy poco en llegar cerca de la Plaza, algunos se tiraron del camión muchas cuadras antes. Se oía un ruido tremendo, y veíamos mucho humo en todas partes. Isabel lo agarró de la camisa al hermano y le dijo algo al oído. Él le dijo que no, así con la cabeza, viste cómo hacía siempre tu padre con la cabeza. Caminábamos rápido hacia la plaza, y a veces éramos casi arrastrados por la gente. Cuando estábamos a una cuadra empezamos a ser empujados para el otro lado de nuevo, y la gente empujaba desde la Plaza de Mayo para las calles de los costados, y alguien gritó que estaban bombardeando la plaza. Tu papá me dijo al oído, gritando, que no podía ser verdad. Isabel se tomó la cabeza y se cayó redonda. Mingo se agachó, la levantó en brazos y siguió caminando, aunque traté de pararlo.
Isabel se había caído del colectivo la semana anterior, cuando iba a la fábrica, sabés. Ella subió, se agarró mal, el chofer arrancó y ella se cayó hacia atrás. Me di cuenta de que tu padre pensaba lo mismo que yo: el desmayo debía ser por eso. Comenzaron a llorarme los ojos y la tos me ahogaba. En ese momento llegamos a la plaza. Estaba todo cubierto de humo, la gente corría desesperada, gritaban. Nunca vi nada parecido, y no creo, hija, que veas algo igual. ¡No sabés cómo te lloran los ojos con el humo!
No sé bien por qué pasó todo lo que pasó… Nosotros no nos metimos nunca en política, vos bien sabés. Nosotros siempre fuimos peronistas.
¿Cuándo vas a venir? Te espero

Te quiero mucho

Mamá

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