lunes, julio 11, 2005

MIRTA, por Stella Accorinti. SEPTIMA ENTREGA



LA ANCIANA (1973- 1975)



La gallina negra copetona era la que más le gustaba a ella. Mirta tenía muchas gallinas y pollos. Los había criado en la casa de madera que había en la parte de atrás. A veces, cuando lavaba en la pileta el pantalón y la casaca blancas de su marido, miraba a sus pollos a través de la ventana (ella afuera, ellos adentro). En invierno le dolían las manos después de media hora de intentar sacar la sangre del matadero de pollos de la ropa blanca. El cepillo ayudaba, el jabón blanco también, la tabla de lavar era un buen apoyo, pero la panza enorme no permitía trabajar más rápido.
Llovía mucho en mayo. Pasaron varios días en casa de los suegros, por si el parto se adelantaba, pero no se adelantó. La fecha del alumbramiento pasó alegremente, y la panza seguía allí. Mirta y su marido regresaron para pasar un fin de semana en la casa. Ella quería dar de comer a sus pollos. Cuando llegó, estaban todos muertos, faltaban seis (los blancos) y la única viva era la gallina copetona. Mirta tenía hambre. No había nada en la casa, ella estaba sin empleo desde hacía tres meses y su marido no había cobrado aún su magro sueldo. No recuerda el momento de la muerte de la copetona, pero sí el cuerpo hirviendo en la olla, y el gusto del alma de la copetona en la boca. Ese recuerdo perviviría casi tres décadas en ella, hasta el día en el que, veinticinco años después de la última cena antes de su primer parto, ella vomitaría el espíritu de la copetona y jamás volvería a comer nada que viniera de un animal muerto. Vomitó el alma de la copetona el día del padre, mientras almorzaba sola con su nieta. Eran las tres de la tarde y de pronto el cielo se puso muy oscuro. Aunque era un junio frío y ventoso, le llamó la atención ver avanzar la oscuridad a través del ventanal del amplio departamento. Se levantó para encender las luces, y sintió el reflujo subiendo desde su estómago. Su marido la llevó al hospital cuando regresó ese domingo, pero los médicos no sabían por qué Mirta tenía esa diarrea. Es que los médicos no sabían que el marido era otro, pero la copetona era la misma. Un marido diferente pero la misma gallina. Hay alquimias que producen oro. Otras, producen vómitos. Vomitó el alma de la copetona, pero el alma del marido siguió en su lugar.

Al tercer día del parto, Mirta conoció a su primera hija. Casandra la miraba con ojos enormes, en brazos de la enfermera, demasiado derechita y enhiesta para una bebé de tres días. Mirta pidió sostenerla, pero la enfermera le explicó que señora usted tuvo eclampsia, y estuvo en coma dos días, y no podemos darle a la nena, se le puede caer. Mirta insistió y la enfermera le puso a Casandra en los brazos pero enseguidita me la da eh. Mirta la miró. En ese momento apareció su suegra, y fue la cara falsamente sonriente lo último que vio, luego de morder la manzana que la mujer le obsequió. Una de las mujeres de la sala le contó a Mirta al día siguiente cómo cayó al suelo en medio de convulsiones, largando espuma por la boca, cómo las enfermeras corrieron, que la levantaron del suelo, que te llevaron, que ahora se te ve mucho mejor. Ella hizo un esfuerzo y logró sonreír y asentir.

¿Y la bebé, cómo está? Mucho mejor que usted, respondió el enfermero. La dio vuelta, le colocó una inyección y Mirta perdió la conciencia nuevamente. Cuando entró en la sala de preparto el dolor era algo horrible. Nadie le había dicho que parir un hijo dolía así. Gritó. La médica le dijo que si seguía gritando nunca iba a parir. Gritó toda la noche. A las seis de la mañana hubo cambio de guardia y entró otra médica. Pobrecita, cómo la dejaron así. Doctora, es que grita todo el tiempo. Justamente, dijo Ester. Pónganle ya mismo un calmante.
Mirta se despertó a las diez de la mañana, vio el reloj frente a ella, debajo del crucifijo. Tenía atadas las manos y los pies. Las piernas abiertas, amarradas fuertemente a los bordes de la camilla, los brazos extendidos en cruz. Tironeó y gritó, el dolor era un fuego que le cerraba la garganta. De pronto, miles de moscas brillantes comenzaron a bailar frente a sus ojos, y ya no vio sino las luces danzando. Gritó y gritó, mientras le gritaban que callara. De pronto, algo salió desde su estómago hacia afuera, chorréandole las piernas. Logró soltar una mano que se llevó a la vagina, metió el puño adentro, y en ese momento alguien le tomó con fuerza la mano, provocándole dolor en la muñeca y volvió a atarla gritándole que se estuviera quieta. ¿Cuánta gente había? Al menos diez personas, a juzgar por las voces diferentes.
Cuando vio el reloj de nuevo, era la una de la tarde. ¿De qué día? Preguntó al hombre que preparaba la inyección qué día era. Qué mes. Mayo. Qué tuve. Una nena. ¿Y la bebé cómo está? Mucho mejor que usted, respondió el enfermero. (“Desnuda de frío/y hermosa como ayer/tan exacta como dos y dos son tres/ella llego a mí/y apenas la pude ver /aprendí a disimular mi estupidez./Bienvenida Casandra/bienvenida al sol y mi niñez/sigue y sigue bailando alrededor/aunque siempre seamos pocos los que/aún te podamos ver./Les contaste un cuento /sabiéndolo contar/y creyeron que tu alma andaba mal./La mediocridad /para algunos es normal/la locura es poder ver mas allá”.)

Dos años después, Mirta tenía dos hijas, Casandra y Silvana. Era el mes de marzo y el sol brillaba hermoso, pero hacía frío. Silvana tenía nueve meses. Mirta le había dado a su beba una mamadera hacía un rato. La encontró a un costado de la casa, mordiendo una víbora ciega con sus pequeños dientes recién nacidos. El animal se retorcía, Mirta corrió y le quitó a Silvana el bicho de las manitas regordetas. La beba gritaba: “¡Cadne! ¡Cadne!”. Hacía tres días que Silvana sólo tomaba leche. En ese momento Mirta pensó que algo debería hacer, pero qué. En el patio aún se oía el televisor, la voz conmemoraba un año de la muerte de Perón, y a Mirta le parecía oír como un retintín la voz que parecía temblorosa, el vestido oscuro, y le pareció ver a la mujer anunciando que el general había muerto.
Tomó a Silvana en brazos, la abrazó con fuerza e intentó acunarla, pero la niña seguía gritando. Mirta se sentó en el umbral de la casa, miró a lo lejos sin ver nada. Se miró los zapatos, ambos descosidos, uno roto en el talón, sintió la tierra a través de los agujeros del calzado, a pesar de los dos pares de medias. Se paró, le dijo a Casandra “vamos”, y tomando a su hija mayor de la mano, y con Silvana sentada en su brazo derecho, partió rumbo al almacén, rogando que el portugués quisiera fiarle unos comestibles por esta vez. Las pelusas doradas en la cabeza de Silvana brillaban con el sol de la tarde, y la bebé se chupaba la mano. Mirta la puso contra su cara y la apretó fuerte contra su pecho. Le soltó la mano a Casandra, que la miró, interrogante. Mirta se secó las lágrimas rápidamente, se estiró la pollera que se había cosido esa mañana y volvió a tomar la mano de su morena hija de ojos grandes e inquisitivos.
El almacenero se acercó y Mirta le pidió en voz baja, hablando lentamente y rogando que se fuera el último cliente. El hombre la miró con desconfianza y le dijo que hablara con su sobrino, que él no era el dueño. Mirta volvió a explicar que pagaría “sin falta” en una semana. El hombre le dijo un “bueno” desganado, y agregó en su medio español “pero que shean pucas coshas”; ella inclinó la cabeza asintiendo y agradeciendo a la vez. Compró pan, leche, galletitas, atún, paté, picadillo, arroz, fideos, conserva de tomates, huevos, y cuando quiso pedir azúcar, el tío del portugués le dijo un cortante “basta, ya está bien con esto”. Mirta sólo lo miró. Apenas llegaron tomó dos flautas, las abrió, las untó con mucho paté y picadillo y le dio un sándwich a cada una de las nenas, que comieron ávidamente. Casandra, callada, miraba a Mirta. Silvana no la miraba, sólo engullía, feliz. Mirta miró a sus hijas, sentadas allí en el suelo parecían dos muñecas de porcelana, se dijo. Salió al jardín, tomó dos flores de clavelina. Entró, recortó algunas hojas feas de los tallos y le colocó una flor a cada una de sus niñas. A Casandra, en el pelo enrulado y largo, y la flor brilló en medio del cabello castaño oscuro. Casandra movió la cabeza asintiendo a sus pensamientos, y el suave cabello envolvió la flor. A Silvana, Mirta le puso la clavelina en la vincha, y la flor intentó competir inútilmente con la pequeña cabeza dorada.
Mientras miraba a sus hijas, Mirta comenzó a cantarles:

“Había una vez una gata…”

Las niñas levantaron la cabeza y miraron atentamente a su madre, sin dejar de comer.

“Con una manchita negra en la trompa y vivía…”

Casandra se une a su madre y canta a pleno pulmón, con la boca llena de comida:

En una casita blanca con una ventana
a un paso del cielo azul, laralazul, laralazull, laralazulll.

Silvana palmotea y a la vez muestra el pan, pidiendo más comida y más música, todo junto. Mirta se levanta y prepara otro sándwich para la pequeña, mientras sigue cantando a dúo con Casandra:

Ahora ya no vivo más allí
todo ha cambiado no vivo más alliiiiiiií
tengo una casa lindísima
como la soñabas tuuuuuuú
pero yo extraño a mi gata
con una manchita negra en la trompa…

(Mirta halló la canción de su corazón para Silvanita en 1999: “Vos sabés, cómo te esperaba/cuánto te deseaba, no, si vos sabés/Vos sabés, que a veces hay desencuentros,/pero cuando hay un encuentro de dos almas trae luz/vos sabés, que cuando llegaste cambiaste el olor de mis mañanas/No, si vos sabés./Cuando el doctor dijo –Señora la felicito es una nena/¿cómo poder explicarte?/¿Cómo poder explicártelo?/El amor de una madre a una hija no se puede comparar./Es mucho más que todo/No, si vos sabés,/vos sabés, todo todo todo todo es el amor./Vos sabés, por el tigre va la familia, todo todo./Vos sabés, como cambia la vida…”.




1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

mamucha homosha, me mandas a gmail a partir del capitulo 7 asi lo leo? `porque nunca lo lei entero al final :S
beshoo
te amo
Male :)

7:42 p.m.  

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