viernes, julio 29, 2005

PHILOSOPHY FOR CHILDREN Posted by Picasa

jueves, julio 28, 2005

Macedonio Fernández



"Iré esta tarde y me quedaré a cenar si hay inconveniente y estamos con ganas de trabajar. (Advertirás que las ganas de cenar las tengo aun con inconveniente y sólo falta asegurarme las otras.) Tienes que disculparme por no haber ido anoche. Soy tan distraído que iba para allá y en el camino me acuerdo de que me había quedado en casa. Muchas de mis cartas no llegan, porque omito el sobre o las señas o el texto. Esto me trae tan fastidiado que rogaría que se viniera a leer mi correspondencia en casa"

miércoles, julio 20, 2005

Stella Accorinti, SOCRATES. Capítulo 3 de 10



SOFRONISCO




Estar en el taller que fue de mi padre es siempre un momento especial. Mi padre era un hombre de carácter apacible. Yo no sé si decir que él siempre sonreía o que tenía un gesto perennemente amable en su rostro. Incluso en su lecho mortuorio su cara ofrecía una sonrisa. Mi padre murió cuando yo era un niño, pero recuerdo siempre sus días en el taller y su vida como escultor. Es verdad que he dejado el oficio de mi padre, que tanto amo y que aprendí desde niño, para ejercer de alguna manera el de mi madre; pero es la escultura, herencia paterna, lo que más me atrae, con verdadera pasión. ¿Pero quién puede en estos tiempos competir con el portento de Fidias y con la vitalidad de Mirón?
Mi padre tenía una paciencia inmensa con su trabajo. Le tomaba días enteros colocar con la mayor precisión posible una serie de puntos paralelos en el modelo y en el bloque de mármol. Empezaba su obra una y otra vez si no le satisfacía. Trabajaba con tenacidad con el trépano, estableciendo en el bloque de mármol los puntos correctos y a la profundidad que se había. A veces trabajaba punto a punto, pero hacia el final de su vida comenzó a pensar y a llevar a la práctica una técnica con la cual trabajaba sólo con unos cuantos puntos que consideraba básicos en la superficie del mármol. Sus negros cabellos ondulados se llenaban del polvillo de sus obras y así permanecían todo el día, asemejándose a veces al cabello de las estatuas, simulando el blanco de la vejez antes de que la vejez lo alcanzara. Quizá esos cabellos disfrutaban el blanco que nunca llegarían a tener, porque las canas no quisieron posarse nunca en la cabeza de mi padre.
Le fascinaba la arcilla, pero era tenaz con el mármol. Creo que la arcilla era su descanso, su placer, y el mármol su desafío, aunque no se si se pueden separar de este modo las sensaciones y los sentimientos de mi padre con su arte. Yo pasaba horas mirando sus kouroi, pero él dedicaba mucho más tiempo a realizar sus korai. Cada pliegue de las túnicas de esas bellas jóvenes debía ser perfecto. Luego, los colores. Los colores eran otra parte enigmática, perturbadora y que me impresionaba de su técnica. Mi padre amaba, sin duda, la escultura. Pulía sus obras con arena, meticulosa y amorosamente, realizando el trabajo de abrasión una y otra vez, hasta lograr la tersura que buscaba. La piel de la estatua es real, me decía, por qué debería ser menos bella que la de los humanos. Jamás dejaba que otros eligieran por él el mármol, y sus largos paseos por el Perypatós la mayoría de las veces derivaban en desvíos por senderos poco transitados, con el fin de descubrir materiales.
Cuidaba sus cinceles, sus bujardas y sus trépanos como si fueran animales domésticos a los que amara profundamente. Cuando no usaba esmeril o arena, sacaba de los materiales de mi madre un poco de piedra pómez. Tenía varios cinceles, planos y dentados, que eran ellos mismos obras de arte. Solía utilizar mucho la cera perdida para hacer sus estatuas más grandes de bronce: preparaba un modelo en arcilla de tamaño un poco más pequeño que el que tendría la estatua, después lo cubría con una capa de cera que modelaba con todo detalle. Luego, endurecida ya la cera, cubría todo con varias capas de arcilla, muy finas. Una vez seca, metíamos la pieza en el horno, y el hueco que quedaba una vez fundida la cera, lo rellenábamos de bronce. No siempre quedábamos satisfechos. Mi padre, casi nunca. Ya fría la pieza, la frotábamos con aceite de nuestros olivares. La estatua, roja, pasaba lentamente a tener un maravilloso e inquietante color negro, un negro viviente.
El horno ardía día y noche durante varios días. ¿Cuándo está terminada una pieza?, se preguntaba mi padre. Nunca, se respondía. ¿Qué es más real, esta escultura o el modelo?, me preguntaba. Ninguno de los dos, le decía yo. Error, decía él, la escultura es más real, porque cuando ya no estemos aquí, cuando ninguno de nosotros esté, cuando esta casa no esté, cuando este horno no exista ya en la memoria de la gente, cuando la Hélade desaparezca y se llame de otra manera, quizá Barbarya, cuando nuestro idioma ya no exista, las esculturas estarán. Entonces, habrá valido la pena, incluso hasta los trabajos que me parecieron vanos. Sí, también un día desaparecerán las estatuas, y desaparecerá el mundo, lo sé, pero al menos las esculturas tienen más realidad que el modelo, más realidad que nosotros, más realidad que el escultor. Yo sólo movía la cabeza, en señal de desacuerdo. Mi padre diría que mi escultura de las Tres Gracias, que adorna la Acrópolis, no tiene valor para estar allí. En eso estaríamos de acuerdo.
¿Quién ha visto a Afrodita desnuda? Sin embargo, la esculpen desnuda. Oh, el arte. El escultor debe de haberla visto desnuda, por eso la ofrece a los ojos sin ropas Oh, Praxíteles, que viste desnuda a Afrodita, Praxíteles el favorecido por la diosa.
Ver con los propios ojos las nervaduras de las estatuas, su fuerza, su inmensidad. No debería uno morirse si no ha visto las obras de Fidias con sus propios ojos, eso es lo que se llama la felicidad en ese momento, lamer las estatuas de Fidias con los ojos, hacerles el amor desde el alma. Y sentirse blando y acariciado por las mentiras de Tespis, oír y gustar sus tragedias, oh, la belleza del arte.
Mirar el Doríforo de Polignoto, acariciar sus músculos con los ojos, ver a Perséfone raptada en las paredes de una tumba. Hades la lleva, la arrastra: ver esa pintura en las paredes de una tumba es inquietante y precioso. ¡Oh, tener en las manos mármol pentélico! ¿Quién quisiera acariciar algo diferente? ¡Ah, las manos de Fidias! Merece esculpir en el escudo de su estatua de Athena su propio retrato. Quien sea escultor como Fidias puede, con merecimiento, esculpir su retrato en su propia obra.
Pero es tan bueno también modelar los recipientes para tomar el vino: el kylix, el skyphos, el kyathos, el kantharos. Crear una hermosa pyxis para que las mujeres guarden sus joyas, y sobre todo un lekanys, para que guarden sus obsequios de amor. Modelar un enorme stamnos, de donde se verterá el vino en los banquetes, y un olpes para aceite, y un bello oinochoe para beber vinos mezclados con agua. Decorar un fiale hermosamente, para comer en él. Kiathos, Pelikes, hydrias, cráteras: la belleza de los utensilios, su volumen, su forma, su composición. Y el lekythos transformándose de jarra en contenedor de ungüentos, y luego en urna fúnebre… Y veo a los Gigantes luchando en ese kylix, y desde aquella crátera me mira Heracles. En el lekythos a mi izquierda, Eos rapta a Tythonos, mientras Teseo y Procusto luchan en el ánfora frente a mí. Desde el pequeño skyphos oscuro, mi preferido, me mira la lechuza roja, el kylix con las amazonas parece mecerse y dos lekythos blancos con figuras negras se destacan al darles un rayo de luz. El viento silba entre los olivos. El ánfora antigua que descansa en el rincón oeste del taller, oscura sobre fondo mate claro, me atrae finalmente, sin más. Toda mirada termina acariciándola, mientras a la vez acaricia al ánfora de tres patas redondeadas, que descansa su sueño de siglos, el ánfora de Dypilón, herencia de mi padre, legado de su familia de Corinto. Las figuras de cada cerámica me fascinan: danzan las bacantes; Príamo pide a Aquiles el cuerpo de Héctor; Thetis le leva armas a Príamo; Zeus transformado en toro rapta a Europa; Ulises le da vino a Polifemo.
Sin duda, mi padre heredó su arte de sus antepasados, y a ellos les fue entregado por los dioses. Y los dioses nos han enseñado a hacer arte con las cosas concretas, de cada día. Cada obra de cerámica tiene un propósito concreto, y es a la vez arte. Y lo concreto está allí, cada día. Lekytos, urnas funerarias, los vivos, los muertos… Proteger a los muertos con figuras apotropaikos, alejar todo lo malo de ellos pintando en las urnas a la Medusa, y delinear suavemente los rasgos de la sirena, con su cola de pájaro. Contarles a los vivos acerca de los dioses, dibujando alas en los pies de Mercurio, y mejillas rosadas en Afrodita, y un casco en la cabeza de Palas Atenea, y a Zeus con rayos. Hemos heredado la cerámica de figuras negras, y hemos amado ser los descendientes de Zhéramos, y vivir cerca del Zheramikos. Somos hijos de aquellos que se dedicaban día y noche a abastecer a los vivos en los simposios con cráteras, ánforas e hydras, pero también de quienes trabajaron para cuidar a los muertos con vasijas funerarias. Mi padre trabajó para los vivos y para los muertos por igual, y con idéntico amor e intensidad.
Nuestro trabaja continúa el de aquellos que trazaban frisos de figurillas en los recipientes, sin pensar agruparlas aún en escenas. Clitias está hoy tan presente como ayer en nuestro trabajo. Quienes pintaron negro sobre rojo a Ulises y Polifemo en un ánfora viven en nosotros. Dionisos es pintado, hoy como ayer, en las cráteras para los banquetes. Nearco aún hoy pinta con nuestras manos las hydras, y Exequias termina amorosamente el dibujo de la Gorgona en una urna para algún muerto reciente. Eutímides y Eufronio, ayer enfrentados, hoy son compañeros de aventuras en nuestras vasijas, así como se aúnan el simposio y la muerte en las pinturas. Celebrar la vida y celebrar la muerte muchas veces se parecen. Por eso bañarse en el mar y pintar a las personas bañándose es uno de nuestros temas preferidos en las urnas funerarias, porque así como retozamos en las aguas del mar, así nadaremos luego hacia las Islas Afortunadas. Polignoto no desdeñó pintar las escenas en el mar, como ninguno de nosotros lo ha hecho nunca. Simposios, vino, mar, dioses y héroes están en nuestras tumbas por el arte. Y como Mikon, pintamos las figuras del tamaño que tienen al ojo, no en la vida real, porque el arte no es la vida real, aunque sea más real que ella misma, como decía mi padre.
Somos hermanos de mujeres como Timárete, hija de Micón, que pintó a Diana, de Irene, la hija de Cratino, quien pintó niñas de manera bella, de Iea de Cícico, que grabó ayudada por un punzón retratos de mujeres en marfil. Su mano rápida y certera, y sus pinturas de ancianas, así como su autorretrato, son admirables.
Las mujeres han hecho una tarea inmensa en el arte en nuestro país. Pero la Hélade es una tierra de hombres. Construida por nosotros, para nosotros. Armados en guerra continua contra el exterior y en constantes conflictos con el interior. No hay tiempo para pensar qué es lo mejor, cuál es la justicia, cuál es el bien. Los derechos de nuestra democracia son para todos los hombres nacidos libres, y las mujeres no son parte de la democracia.
Los hombres tenemos el mismo derecho a participar del poder, tenemos igualdad ante la ley y el mismo derecho a hablar. Ninguno de estos derechos, de los cuales nos enorgullecemos, son otorgados a las mujeres, así como tampoco a los esclavos. Una polis buena es una polis justa, pero qué es la justicia y qué es el bien. ¿Acaso es justo que las mujeres estén afuera de todos los derechos que tienen los hombres libres? ¿Y los esclavos? ¿Es realmente ésta la democracia que queremos? ¿Cómo deberían ser las cosas? ¿Acaso porque algunos esclavos ganan su libertad en batallas, como sucedió en las Arginusas, deberíamos decir que entonces está bien la guerra y que los esclavos deben ganar su libertad?

La felicidad tiene como base la sabiduría, quien sabe qué es el bien, obra bien, por eso me he dedicado con todas mis fuerzas a esta búsqueda, y quiero que todos, niños y ancianos, hombres y mujeres, esclavos y hombres libres, participen en ella. Si todos buscamos juntos, y encontramos juntos, lo hallado será de todos, y todos cuidaremos de eso. Si es del interés de todos, si sienten propia esa búsqueda, cuidarán lo hallado y no dejarán que les sea arrebatado…
¿Quiénes deberían guiar esta búsqueda? Todos. Quien estudió como yo, cálculo, música y a Homero, quienes saben leer y escribir y quienes no saben, como yo, aquellos que no gustan de la gimnasia, y aquellos que, como yo, la aman. ¿Y cómo lo harán? Preguntando, sin cesar, a todos, al que se acerca, al que se aleja, al que viene caminando desprevenido por el camino lateral del mercado, al que viene directo hacia la enseñanza, al que está feliz de aprender y al que en primera instancia parece que no quiere aprender nada. ¿Y dónde aprender? En todas partes, pero sobre todo en las plazas, en los mercados, en las calles. Hay que ir adonde están las personas, a buscarlas, y no esperar que ellas vengan a nosotros. Y a veces, colocarse como un cebo, de manera extravagante, y atraerlas de alguna manera. Después de todo, es verdad que era de estricta justicia que yo defendiera a Jantipa cuando me acusó de no cumplir mis deberes como padre y como esposo, y por eso lo hice, pero es cierto también que muchos de mis discípulos recibieron enseñanza en aquellos días. Hay muchos modos de enseñar, pero mejor aún, muchos modos por los cuales podemos aprender.
Yo he aprendido de la blanda fuerza como el agua de mi madre, he aprendido de las dos veces que enviudó, aprendí de sus palabras la historia de su primera viudez, y luego viví con ella la muerte de su segundo esposo, mi padre. Su primer esposo murió cuando mi hermano mayor, hijo de aquel primer matrimonio, era también un niño, tal como sucedió conmigo cuando ocurrió la muerte de mi padre. Patrocles, mi hermano mayor, es casi un desconocido para mí. También de esa circunstancia de ausencia de conocimiento he aprendido mucho.
He aprendido de mi nariz enorme mucho sobre los olores, de mis labios gruesos he aprendido acerca del beso, de mis ojos salidos como los de los cangrejos, he aprendido acerca de la visión, y del conjunto de mi fea persona he aprendido la risa, y he aprendido a compararme con los hijos de las Náyades, los Silenos. Ellos son portadores de sabiduría y yo, aunque sólo sé que nada sé, ayudo a parir sabiduría.
Podemos aprender de todo, en todas partes y en todo momento. Pero jamás podremos obligar a las personas a aprender contra su gusto, porque sólo aprendemos aquello que es de nuestro interés…
Fue por eso y de ese modo que mi padre aprendió su arte. Viendo a mi abuelo fabricar hermosas cucharas de mango finamente filigranados, unas para untar pomadas, otras para tomar sopa. Algunas de madera, otras de hueso, otras de plata o de oro, de largo mango para ungir a las estatuas de los dioses, o con piedras preciosas engastadas para algún dignatario que las encargaba especialmente. Y aunque cotidianamente no utilizamos cucharas para comer y tomamos la sopa de los platos, o usando conchas de moluscos, ellas son un agradable utensilio en la cocina, y también en otros ámbitos de la casa, para adorno y para usar en los momentos previos al masaje, para untar el cuerpo con ungüentos variados….

Sócrates se deja distraer por los gritos del mercado cercano, que luchan por encaramarse los unos sobre los otros. Sale del taller y se dirige hacia allí. Sobre las mesas dispuestas a lo largo de la calle central reverberan al sol violetas alargados, coronados por pequeñas hojas verdes con breves rulos. Leves amarillos redondos se recuestan sobre rojos que estallan bajo el sol del mediodía. Redondeces anaranjadas brillantes y rugosas se ciernen en leves cascadas sobre los amarillos delicados y llenos de pelusas. Los pescados duermen sueños pesados, alineadas las cabezas y las colas en la mesa del hombre cuyos gritos atraen de pronto la atención de algunos paseantes.

–¡Una decadracma ática! ¡Por sólo una decadracma elija tres pescados! –el grito se eleva sobre los demás y hace que algunas mujeres, que habían pasado sin prestar demasiada atención, den vuelta la cabeza y miren de qué se trata la oferta.
–¡Seis ébolos y tendrá la mejor fruta del mercado! A la dama de azul, un obsequio… –el vendedor entrecierra los negros ojos y sonríe– ¡Seis ébolos! Miren y comparen.
–¿Acaso los comerciantes no deberíamos tener ese derecho –susurra un joven de rulos oscuros al hombre de cabello entrecano del puesto vecino, siguiendo la conversación iniciada momentos antes.
–No lo sé – duda éste.
–Los extranjeros no tienen derechos, es como si fueran animales, nosotros tampoco, quién tiene derecho en la Hélade.
–Casi todos –responde el hombre.
–¿Casi todos o casi nadie?
–¡Un tetradracma y una lechuza por esta hermosa aceitera! –vocifera un adolescente mientras se rasca la cabeza con una mano y se seca la transpiración que le corre por la cara con la otra.
–¡Una estatera por pescado, fruta y aceite! –parece elevar la oferta un grito que llega desde el final de la calle.
–Por una mina yo entregaría mi puesto –comenta entre risas un hombre vestido a la manera espartana.
–¿Por una mina o por un talento? –inquiere el dueño del puesto que está enfrente, calle de por medio.
–¡Una mina! –responde el primero, ahuecando la voz entre las manos para ser oído.
Las risas hacen coro a la idea.
Como cada día, el mercado al mediodía cubre a la polis de olores y sabores nuevos, y de un bullicio lleno de vida.

–¡Ostras! ¡Ostras! –vocea con entusiasmo un vendedor novato.
–¡Atún! ¡Pescado fresco! ¡Compre el pescado más fresco! ¡Vea moverse su comida! –el hombre ríe ante su ocurrencia.
–¿A quién has robado esos pescados, bribón, para venderlos tan baratos? –pregunta socarrón el vendedor de ostras.
–A nadie, los ha pescado mi suegro. Y si los hubiera robado, sólo estaría emulando a Hermes, nuestro dios.
–Pero Hermes le robó el ganado a Apolo porque tenía ganas de comer carne, y para iniciarse en el comercio.
–Finalmente, lo robó, y eso es lo que cuenta; así lo he aprendido.
–Ah, los dioses. Pero lo que ellos hacen no es lo que nosotros deberíamos hacer.
–¿Y por qué no? Si un dios roba, podemos robar, si un dios mata, podemos matar. No mataría yo a nadie, pero doy ese ejemplo porque así pienso. Por eso, los caldeos tienen sus dioses, que son bárbaros y a su medida.
–¿Por qué llamas caldeos a quienes hace mucho que son parte de la Hélade?
–Porque son extranjeros. Siempre serán extranjeros. No han nacido en la Hélade y no son helenos.
–Nosotros hemos nacido en la Hélade y…
–Y somos helenos.
–No lo somos, sólo tenemos de helenos el nombre, no nos asiste ningún derecho como a los ciudadanos, sólo somos comerciantes, somos los que les matamos el hambre a los señores, quienes tenemos para ellos temprano en el mercado la fruta fresca, el pescado de carne dura al tacto y ojos brillantes y buen aroma. Somos quienes les proveemos. Y nada más.

Los hombres se miraron en silencio y cada cual volvió a sus tareas con el entrecejo fruncido.

–Atún… Pescado fresco… –insistió el joven. Su voz, desganada, fue tapada por los gritos de sus vecinos. De pronto, pareció animarse y se dirigió a su interlocutor.

–Hermes es el más astuto de los dioses, nació del dios más poderoso y es nyssos de Zeus, es el hijo del dios; al mediodía de haber nacido ya tocaba la cítara y a la noche le estaba robando a Apolo. Quizá nosotros seamos como él y tengamos mucho trabajo para hacer en un día, pero también es verdad que podemos hacerlo.

El hombre lo miró, y chasqueó la lengua como respuesta, sin dejarse convencer por el entusiasmo del que hablaba.
El joven bajó la cabeza pensativo, esforzándose por hallar alguna manera de persuadir al otro, y de pronto su cara se iluminó con una sonrisa, y palmeándose la cadera con aprobación, comenzó a cantar:

“ Canta, Musa, a Hermes, hijo de Zeus y Maya, que tutela Cilene y Arcadia, pródiga en rebaños, raudo mensajero de los inmortales, al que parió Maya, la Ninfa de hermosos bucles, tras haberse unido en amor a Zeus, ella, la diosa venerable.”

El joven entonaba el himno a Hermes, y las mujeres y los esclavos comenzaron a acercarse lentamente. Con los ojos brillantes, miró desafiante a su vecino de puesto y prosiguió, con fuerza y convicción:

“Evitó la compañía de los dioses bienaventurados, habitando en el interior de una muy umbrosa gruta. Allí el Cronión solía unirse con la Ninfa de hermosos bucles en la oscuridad de la noches, mientras el dulce sueño retenía a Hera, la de níveos brazos, y pasaba inadvertido a los dioses inmortales y a los hombres mortales.”

El recién devenido cantor terminó el verso con una sonrisa pícara ante los amores de Zeus y Maya

“ Pero, cuando se cumplía el designio del gran Zeus y la décima luna se fijó ya en el cielo, él lo sacó a la luz y sus acciones quedaron al descubierto. Así que entonces la Ninfa parió un niño versátil, de sutil ingenio, saqueador, ladrón de vacas, caudillo de sueños, espía de la noche, vigilante de las puertas, que rápidamente iba a realizar gloriosas gestas ante los ojos de los dioses inmortales.”

El canto era acompañado por ademanes grandilocuentes y gestos de aprobación por parte de la audiencia.

“Nacido al alba, tañía la lira a mediodía, y por la tarde robó las vacas del certero Apolo, el cuarto día del mes, en el que lo parió la augusta Maya.
Cuando saltó de las inmortales entrañas de su madre, no aguardó mucho tiempo tendido en la sacra cuna, sino que se puso en pie de un salto y andaba ya buscando las vacas de Apolo, tras franquear el umbral del antro de alta bóveda.”

Reunidas decenas de personas ante su puesto, la calle bloqueada, el comerciante, improvisado cantor de las hazañas de Zeus, decidió ofrecer nuevamente su mercancía:

–¿Quén necesita pescado fresco? ¡El mejor pescado de Athenas! –sonrió ante su exageración– Si logro vender todo este pescado, podré continuar con la historia de Hermes –prometió.

Varias manos le acercaron monedas apresuradamente, y el pescado comenzó a pasar de las mesas a las canastas de las mujeres y los esclavos. Ya vacío el puesto, y ante la mirada entre divertida y seria de sus vecinos, el joven prosiguió:

“Al encontrarse allí a una tortuga, logró una dicha infinita: Hermes fue en efecto el primero que se fabricó una tortuga musical. Ésta se le puso por delante a las puertas del patio, pastando ante su morada la hierba lozana con andares retozones. El raudo hijo de Zeus se echó a reír al verla y en seguida le dirigió la palabra:

– ¡He aquí un presagio muy favorable para mí! No lo desdeño. ¡Salud, figura encantadora, que ritmas la danza, camarada del banquete! Bienvenida es tu aparición. ¿De dónde viene este hermoso juguete? Una tornasolada concha es tu atavío, tortuga que vives en los montes. ¡Bien! Te cogeré y te llevaré a mi morada. En algo me serás útil. No te despreciaré, sino que será a mí al primero al que beneficiarás. Mejor estar en casa, pues es peligroso lo de puertas afuera. Tú serás, en efecto, un amparo contra el muy penoso maleficio, en vida, y si mueres, podrías entonces entonar un canto extremadamente hermoso.
Así habló, y, al tiempo que la levantaba con ambas manos, marchó en seguida adentro de su morada, llevando su encantador juguete. Luego, pinchando con un cincel de grisáceo hierro, vació el meollo de la montaraz tortuga.
Como cuando un pensamiento fugaz atraviesa por el ánimo de un varón al que asedian múltiples preocupaciones o como cuando saltan desde los ojos las miradas chispeantes, así pensaba a la vez la palabra y la acción el glorioso Hermes. Una vez que cortó en sus justas medidas tallos de caña, los atravesó, perforando el dorso, a través de la concha de la tortuga. Alrededor tendió una piel de vaca, con la inteligencia que le es propia, le añadió un codo, los ajustó a ambos con un puente y tensó siete cuerdas de tripa de oveja, armonizadas entre sí.
Cuando lo hubo construido…”

El joven hizo una larga pausa, observando las caras atentas de las mujeres y de los hombres que se habían reunido a escuchar. Se oían algunos gritos de oferta pero ya nadie les prestaba demasiada atención. El novel comerciante se dirigió a su concentrado auditorio:

–A quienes vengan mañana, les prometo continuar el himno hasta terminarlo.

Se oyeron algunos bufidos de descontento, pero rápidamente cada uno volvió a sus labores y los compradores continuaron con su caminata. El joven terminó de recoger sus cosas, y ya dispuesto a marcharse vio que se acercaban tres comerciantes de los más viejos

–Jovencito, no más himnos, si todos cantamos himnos y contamos historias, acá nadie camina, y en definitiva todos venderemos lo mismo con el doble de esfuerzo. ¿Entendido? No olvides nunca que Hermes es el mensajero de los dioses, pero es también el dios de la elocuencia, y a todos fascina con su persuasión, así que no necesitas tu persuasión para vender a costa de los demás comerciantes.

El anciano hizo una breve pausa y continuó:

–Hermes es el dios de la prudencia, por tanto, sé prudente y hónralo, y como es el dios de la astucia, te hará astuto si se lo pides, y es el dios de todo tipo de robos… –el hombre sonrió y miró al joven levantando las cejas–. Él es el protector de los viajeros y caminantes, es quien hace conocer los grandes inventos y es quien protege toda clase de trabajos. Ese dios es el dios de todos nosotros, no sólo de un comerciante. Recuérdalo.

Diciendo esto, el hombre hizo un leve movimiento de cabeza a sus acompañantes y todos se alejaron. El adolescente asintió, de mala gana.

Sócrates entrecierra los ojos y menea la cabeza ante la resolución del incipiente conflicto. Se pone de pie y regresa al taller. Quiere revisar y ordenar todo para la venta que ha decidido hacer. Piensa que debe acomodar la jarra alta con el hombre y la mujer en el carro, acompañados por el citarista, dos caballos negros, uno blanco y el cuello finamente ornamentado; la pequeña estatua de bronce de Heracles que adelanta solemne su brazo izquierdo; el psykter de terracota con hoplitas montando delfines, acompañados por los flautistas que tantas veces usara en banquetes; la crátera con Hermes alado y con casco; el ánfora negra con su citarista rojo cantándole a los dioses; el kylix blanco, con Eos y Tithonos pintado en su interior, la hydria de Hera, la estatuilla de Protesilao, el lekytos funerario blanco de base roja…

Sócrates apura el paso.

viernes, julio 15, 2005

Stella Accorinti, MIRTA, 8



LAS CARTAS, 2002-2003








“Nuestra madre es feliz
nuestro padre
nuestro hermano sigue creciendo
sólo se espera tu llegada.”

Leonidas Lamborghini, “El solicitante descolocado”, 1971

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“Las cartas… Las cartas parten, las cartas llegan. No decimos en ella nada profundo, nada triste, nada que valga la pena. Solicitamos sin pedir, hablamos sin palabras. La carta es lo que la carta no dice. Se lee en la carta la palabra que no se ha escrito.”

Sólo se espera tu llegada, sólo se espera tu llegada, soloseesperatullegada...


(Para sobrevivir, metamorfosis del cuerpo en letras)


Había una vez una Mirta que sobrevivió con cartas. Si, ya sé. Los seres humanos sobreviven comiendo y bebiendo . Pero esta Mirta –o esta vez Mirta- sobrevivió con cartas. Hubo muchas cartas en la vida de Mirta, pero entre todas las que le conservaron el último aliento de vida , las más importantes fueron, desde que partió de Buenos Aires, las cartas que Ioli y Mirta se escribieron.

Ioli y Mirta se encontraron en un había una vez, hace tanto tiempo que ya ninguna lo recuerda bien, en un no lugar llamado aeropuerto de Ezeiza. Mirta partía hacia Estados Unidos, Ioli partía hacia España. Ioli y Mirta eran muy diferentes y muy parecidas. Podría ser que fueran un solo ser, esos minotauros perdidos en laberintos-cárceles a los que se los condena por inocentes. Mirtaioli, o Iolimirta. La historia no registra si Ioli también sobrevivió con cartas, pero sabemos de ella que sobrevivía con pinceles y pinturas. Mirta comía letras mientras Ioli comía dibujos. Pero las letras son también imágenes...

Así vivieron las dos largos años -no se sabe cuántos-, con dietas basadas en imaginerías. Nos gustaría decir que fueron felices y comieron perdices, pero no lo diremos por tres simples razones: porque no sabemos si fueron felices, porque Mirta era vegetariana, y porque esto no es -vaya pena- un cuento para niños).



CARTA A MIRTA DESDE EZEIZA







Ezeiza, 3 de octubre de 1997

[…]

Viste Mirtita que en junio hace frío en Buenos Aires, pero ese día estábamos ya con veranito de San Juan. Por eso en noviembre, cuando tuvimos tanto calor, decíamos ¡esto parece junio en la plaza! Es que fue así, 1955 fue un año caliente.
Ya era el mediodía, y Mingo llegó corriendo. Hablamos poco, salimos a la calle y esperamos. Tu papá tenía un palo que había sacado del estante alto que estaba afuera del baño, saliendo, a la derecha, ahí donde Isabel guardaba los trastos, las bicicletas, los tornillos, los baldes, los juguetes viejos. Salimos a la calle los tres, aunque Isabel no estaba segura de si acompañarnos o no. De pronto, vimos el camión que venía por Chile a toda velocidad, lleno de gente. Paró frente a nosotros, el que manejaba le gritó algo a tu papá, y nos subimos.
Todos gritaban ¡la vida por Perón!, si vieras Mirtita Amanda. Yo también comencé a gritar, pero al ver que Isabel iba callada, cerré el pico. Tu padre tenía la camisa afuera del pantalón. Cuando llegamos a Entre Ríos, un grupo de gente en la esquina estaba cantando la marcha peronista. Empezamos a cantar nosotros también, Mirtita, si vieras, cantábamos con fuerzas ¡Perón, Perón, que grande sos, sos el primer trabajador!
Tardamos muy poco en llegar cerca de la Plaza, algunos se tiraron del camión muchas cuadras antes. Se oía un ruido tremendo, y veíamos mucho humo en todas partes. Isabel lo agarró de la camisa al hermano y le dijo algo al oído. Él le dijo que no, así con la cabeza, viste cómo hacía siempre tu padre con la cabeza. Caminábamos rápido hacia la plaza, y a veces éramos casi arrastrados por la gente. Cuando estábamos a una cuadra empezamos a ser empujados para el otro lado de nuevo, y la gente empujaba desde la Plaza de Mayo para las calles de los costados, y alguien gritó que estaban bombardeando la plaza. Tu papá me dijo al oído, gritando, que no podía ser verdad. Isabel se tomó la cabeza y se cayó redonda. Mingo se agachó, la levantó en brazos y siguió caminando, aunque traté de pararlo.
Isabel se había caído del colectivo la semana anterior, cuando iba a la fábrica, sabés. Ella subió, se agarró mal, el chofer arrancó y ella se cayó hacia atrás. Me di cuenta de que tu padre pensaba lo mismo que yo: el desmayo debía ser por eso. Comenzaron a llorarme los ojos y la tos me ahogaba. En ese momento llegamos a la plaza. Estaba todo cubierto de humo, la gente corría desesperada, gritaban. Nunca vi nada parecido, y no creo, hija, que veas algo igual. ¡No sabés cómo te lloran los ojos con el humo!
No sé bien por qué pasó todo lo que pasó… Nosotros no nos metimos nunca en política, vos bien sabés. Nosotros siempre fuimos peronistas.
¿Cuándo vas a venir? Te espero

Te quiero mucho

Mamá

lunes, julio 11, 2005

MIRTA, por Stella Accorinti. SEPTIMA ENTREGA



LA ANCIANA (1973- 1975)



La gallina negra copetona era la que más le gustaba a ella. Mirta tenía muchas gallinas y pollos. Los había criado en la casa de madera que había en la parte de atrás. A veces, cuando lavaba en la pileta el pantalón y la casaca blancas de su marido, miraba a sus pollos a través de la ventana (ella afuera, ellos adentro). En invierno le dolían las manos después de media hora de intentar sacar la sangre del matadero de pollos de la ropa blanca. El cepillo ayudaba, el jabón blanco también, la tabla de lavar era un buen apoyo, pero la panza enorme no permitía trabajar más rápido.
Llovía mucho en mayo. Pasaron varios días en casa de los suegros, por si el parto se adelantaba, pero no se adelantó. La fecha del alumbramiento pasó alegremente, y la panza seguía allí. Mirta y su marido regresaron para pasar un fin de semana en la casa. Ella quería dar de comer a sus pollos. Cuando llegó, estaban todos muertos, faltaban seis (los blancos) y la única viva era la gallina copetona. Mirta tenía hambre. No había nada en la casa, ella estaba sin empleo desde hacía tres meses y su marido no había cobrado aún su magro sueldo. No recuerda el momento de la muerte de la copetona, pero sí el cuerpo hirviendo en la olla, y el gusto del alma de la copetona en la boca. Ese recuerdo perviviría casi tres décadas en ella, hasta el día en el que, veinticinco años después de la última cena antes de su primer parto, ella vomitaría el espíritu de la copetona y jamás volvería a comer nada que viniera de un animal muerto. Vomitó el alma de la copetona el día del padre, mientras almorzaba sola con su nieta. Eran las tres de la tarde y de pronto el cielo se puso muy oscuro. Aunque era un junio frío y ventoso, le llamó la atención ver avanzar la oscuridad a través del ventanal del amplio departamento. Se levantó para encender las luces, y sintió el reflujo subiendo desde su estómago. Su marido la llevó al hospital cuando regresó ese domingo, pero los médicos no sabían por qué Mirta tenía esa diarrea. Es que los médicos no sabían que el marido era otro, pero la copetona era la misma. Un marido diferente pero la misma gallina. Hay alquimias que producen oro. Otras, producen vómitos. Vomitó el alma de la copetona, pero el alma del marido siguió en su lugar.

Al tercer día del parto, Mirta conoció a su primera hija. Casandra la miraba con ojos enormes, en brazos de la enfermera, demasiado derechita y enhiesta para una bebé de tres días. Mirta pidió sostenerla, pero la enfermera le explicó que señora usted tuvo eclampsia, y estuvo en coma dos días, y no podemos darle a la nena, se le puede caer. Mirta insistió y la enfermera le puso a Casandra en los brazos pero enseguidita me la da eh. Mirta la miró. En ese momento apareció su suegra, y fue la cara falsamente sonriente lo último que vio, luego de morder la manzana que la mujer le obsequió. Una de las mujeres de la sala le contó a Mirta al día siguiente cómo cayó al suelo en medio de convulsiones, largando espuma por la boca, cómo las enfermeras corrieron, que la levantaron del suelo, que te llevaron, que ahora se te ve mucho mejor. Ella hizo un esfuerzo y logró sonreír y asentir.

¿Y la bebé, cómo está? Mucho mejor que usted, respondió el enfermero. La dio vuelta, le colocó una inyección y Mirta perdió la conciencia nuevamente. Cuando entró en la sala de preparto el dolor era algo horrible. Nadie le había dicho que parir un hijo dolía así. Gritó. La médica le dijo que si seguía gritando nunca iba a parir. Gritó toda la noche. A las seis de la mañana hubo cambio de guardia y entró otra médica. Pobrecita, cómo la dejaron así. Doctora, es que grita todo el tiempo. Justamente, dijo Ester. Pónganle ya mismo un calmante.
Mirta se despertó a las diez de la mañana, vio el reloj frente a ella, debajo del crucifijo. Tenía atadas las manos y los pies. Las piernas abiertas, amarradas fuertemente a los bordes de la camilla, los brazos extendidos en cruz. Tironeó y gritó, el dolor era un fuego que le cerraba la garganta. De pronto, miles de moscas brillantes comenzaron a bailar frente a sus ojos, y ya no vio sino las luces danzando. Gritó y gritó, mientras le gritaban que callara. De pronto, algo salió desde su estómago hacia afuera, chorréandole las piernas. Logró soltar una mano que se llevó a la vagina, metió el puño adentro, y en ese momento alguien le tomó con fuerza la mano, provocándole dolor en la muñeca y volvió a atarla gritándole que se estuviera quieta. ¿Cuánta gente había? Al menos diez personas, a juzgar por las voces diferentes.
Cuando vio el reloj de nuevo, era la una de la tarde. ¿De qué día? Preguntó al hombre que preparaba la inyección qué día era. Qué mes. Mayo. Qué tuve. Una nena. ¿Y la bebé cómo está? Mucho mejor que usted, respondió el enfermero. (“Desnuda de frío/y hermosa como ayer/tan exacta como dos y dos son tres/ella llego a mí/y apenas la pude ver /aprendí a disimular mi estupidez./Bienvenida Casandra/bienvenida al sol y mi niñez/sigue y sigue bailando alrededor/aunque siempre seamos pocos los que/aún te podamos ver./Les contaste un cuento /sabiéndolo contar/y creyeron que tu alma andaba mal./La mediocridad /para algunos es normal/la locura es poder ver mas allá”.)

Dos años después, Mirta tenía dos hijas, Casandra y Silvana. Era el mes de marzo y el sol brillaba hermoso, pero hacía frío. Silvana tenía nueve meses. Mirta le había dado a su beba una mamadera hacía un rato. La encontró a un costado de la casa, mordiendo una víbora ciega con sus pequeños dientes recién nacidos. El animal se retorcía, Mirta corrió y le quitó a Silvana el bicho de las manitas regordetas. La beba gritaba: “¡Cadne! ¡Cadne!”. Hacía tres días que Silvana sólo tomaba leche. En ese momento Mirta pensó que algo debería hacer, pero qué. En el patio aún se oía el televisor, la voz conmemoraba un año de la muerte de Perón, y a Mirta le parecía oír como un retintín la voz que parecía temblorosa, el vestido oscuro, y le pareció ver a la mujer anunciando que el general había muerto.
Tomó a Silvana en brazos, la abrazó con fuerza e intentó acunarla, pero la niña seguía gritando. Mirta se sentó en el umbral de la casa, miró a lo lejos sin ver nada. Se miró los zapatos, ambos descosidos, uno roto en el talón, sintió la tierra a través de los agujeros del calzado, a pesar de los dos pares de medias. Se paró, le dijo a Casandra “vamos”, y tomando a su hija mayor de la mano, y con Silvana sentada en su brazo derecho, partió rumbo al almacén, rogando que el portugués quisiera fiarle unos comestibles por esta vez. Las pelusas doradas en la cabeza de Silvana brillaban con el sol de la tarde, y la bebé se chupaba la mano. Mirta la puso contra su cara y la apretó fuerte contra su pecho. Le soltó la mano a Casandra, que la miró, interrogante. Mirta se secó las lágrimas rápidamente, se estiró la pollera que se había cosido esa mañana y volvió a tomar la mano de su morena hija de ojos grandes e inquisitivos.
El almacenero se acercó y Mirta le pidió en voz baja, hablando lentamente y rogando que se fuera el último cliente. El hombre la miró con desconfianza y le dijo que hablara con su sobrino, que él no era el dueño. Mirta volvió a explicar que pagaría “sin falta” en una semana. El hombre le dijo un “bueno” desganado, y agregó en su medio español “pero que shean pucas coshas”; ella inclinó la cabeza asintiendo y agradeciendo a la vez. Compró pan, leche, galletitas, atún, paté, picadillo, arroz, fideos, conserva de tomates, huevos, y cuando quiso pedir azúcar, el tío del portugués le dijo un cortante “basta, ya está bien con esto”. Mirta sólo lo miró. Apenas llegaron tomó dos flautas, las abrió, las untó con mucho paté y picadillo y le dio un sándwich a cada una de las nenas, que comieron ávidamente. Casandra, callada, miraba a Mirta. Silvana no la miraba, sólo engullía, feliz. Mirta miró a sus hijas, sentadas allí en el suelo parecían dos muñecas de porcelana, se dijo. Salió al jardín, tomó dos flores de clavelina. Entró, recortó algunas hojas feas de los tallos y le colocó una flor a cada una de sus niñas. A Casandra, en el pelo enrulado y largo, y la flor brilló en medio del cabello castaño oscuro. Casandra movió la cabeza asintiendo a sus pensamientos, y el suave cabello envolvió la flor. A Silvana, Mirta le puso la clavelina en la vincha, y la flor intentó competir inútilmente con la pequeña cabeza dorada.
Mientras miraba a sus hijas, Mirta comenzó a cantarles:

“Había una vez una gata…”

Las niñas levantaron la cabeza y miraron atentamente a su madre, sin dejar de comer.

“Con una manchita negra en la trompa y vivía…”

Casandra se une a su madre y canta a pleno pulmón, con la boca llena de comida:

En una casita blanca con una ventana
a un paso del cielo azul, laralazul, laralazull, laralazulll.

Silvana palmotea y a la vez muestra el pan, pidiendo más comida y más música, todo junto. Mirta se levanta y prepara otro sándwich para la pequeña, mientras sigue cantando a dúo con Casandra:

Ahora ya no vivo más allí
todo ha cambiado no vivo más alliiiiiiií
tengo una casa lindísima
como la soñabas tuuuuuuú
pero yo extraño a mi gata
con una manchita negra en la trompa…

(Mirta halló la canción de su corazón para Silvanita en 1999: “Vos sabés, cómo te esperaba/cuánto te deseaba, no, si vos sabés/Vos sabés, que a veces hay desencuentros,/pero cuando hay un encuentro de dos almas trae luz/vos sabés, que cuando llegaste cambiaste el olor de mis mañanas/No, si vos sabés./Cuando el doctor dijo –Señora la felicito es una nena/¿cómo poder explicarte?/¿Cómo poder explicártelo?/El amor de una madre a una hija no se puede comparar./Es mucho más que todo/No, si vos sabés,/vos sabés, todo todo todo todo es el amor./Vos sabés, por el tigre va la familia, todo todo./Vos sabés, como cambia la vida…”.




viernes, julio 08, 2005

CROMAÑON

195

jueves, julio 07, 2005

LEON GIECO



Buenos aires de tus amores


A la cruz de tus ojos, en madrugada,
se pierde el mal
Un nuevo día es tanto
que hace bien y que salva
Te vi bailando sola
entre exceso y discreción,
buscando historia, juntando años
Sobre mí se abre tu flor de humedad

En muchos de tus lugares
con el amor no alcanza
Hasta un buen corazón
puede perder la calma
Dame de lo que puedas,
o se perderá para siempre
Todo lo que cayó ardió dos veces
Sobre mí se abre tu flor de humedad

Buenos Aires, ciudad del sino,
duende de un destino
Ante la luz de tus amores, de tu misterio divino,
hoy no sé, mañana tal vez, caiga rendido

El tiempo y el agua que tiene hoy este río
aún no pudo apagar tanto fuego caído
Vicios de sociedad
que está esperando un milagro
Algunos los que van, otros clavados al barro
Sobre mí se abre tu flor de humedad

Se van juntando almas,
símbolo de un sueño que nace
Tantos años de lucha,
por tus rincones y calles
Prisionero fugaz que está con vos y con otra
Boca roja de tango que me provoca
Sobre mí se abre tu flor de humedad

Buenos Aires, ciudad del sino,
duende de un destino
Ante la luz de tus amores, de tu misterio divino,
hoy no sé, mañana tal vez, caiga rendido

CROMAGNON Posted by Picasa

Andrés Calamaro



Alta suciedad



El campeón tiene miedo
tiene miedo de pegar
no se quiere romper las manos
porque tiene que cantar
el ritmo del protector bucal
el bombo de la ciudad
le golpea en el culo
golpea y nada mas
alta suciedad!
(basura de la alta suciedad)
no se puede confiar en nadie mas
alta suciedad!
(basura de la alta suciedad)
no se puede confiar en nadie (mas)
babe tiene prisa
por aprender a ladrar
si solo es un cerdo nadie lo respetara
es un chico muy malo
y se porto muy mal!
pero lo perdonamos
porque somos lo mas bajo de la
alta suciedad!
(basura de la alta suciedad)
no se puede confiar en nadie (mas)
alta suciedad!
(basura de la alta suciedad)
no se puede confiar en nadie (mas)
señor banquero
devuélvame el dinero
por ahora es lo único que quiero
estoy cansado de los que vienen de amigos
y solo quieren rellenarme el agujero
por ahora no les debo ni la hora
cool, baby, me dice mi abogada
que por ahora no ha pasado nada
alta suciedad!
(basura de la alta suciedad)
no se puede confiar en nadie (mas)
alta suciedad! (basura de la alta suciedad)
no se puede confiar en nadie (mas
).

lunes, julio 04, 2005

CROMAGNON, 6 MESES




CROMAGNON, VIVIR DESPUES


sábado, julio 02, 2005

CROMAGNON




CROMAGNON




CROMAGNON


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